jueves, mayo 23, 2024
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Lo amargo en medio del dulce, La dura y triste vida en los bateyes del Este

Manuel Antonio Vega, mvega@editorabavaro.com

EL SEIBO. Unas siete mil familia que viven en los bateyes del Consejo Estatal del Azúcar (CEA) y los emporios azucareros privados en las provincias que integran la región Este, se desgarran en medio de la miseria y el hambre, la falta de agua potable, viviendas adecuadas y la carencia de empleos.

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Hacinamiento, falta de agua y el desempleo, son el común denominador en unas 116 comunidades bateyeras que existen en San Pedro de Macorís, Hato Mayor, El Seibo, La Romana e Higüey. Para sobrevivir, después del paso del huracán Georges, los habitantes en los bateyes y otras comunidades circunvecinas, han tenido que dedicarse a la crianza de chivos y a la actividad del motoconcho, porque en “los campos queda poco que hacer”. El abastecimiento de agua es un mal endémico en las zonas cañeras de El Seibo, Hato Mayor y San Pedro de Macorís, mientras que el hacinamiento es caldo de cultivo a múltiples enfermedades que ya han cobrado la vida a muchos de sus habitantes.

Los bateyes de Hato Mayor, poblado en más de un 80 por cientos por ciudadanos de origen haitianos, carecen de agua, energía eléctrica, viviendas dignas, policlínicas y caminos en buenas condiciones. Un estudio realizado por Raúl Zecca Castel revela que: “Nacer en Haití, en el 80 por ciento de los casos, significaba estar destinados a vivir bajo el umbral de la pobreza extrema. Y en el mejor de los casos, evidentemente, no por mucho tiempo”. La esperanza de vida supera por poco los 60 años y la mortalidad infantil se sitúa entre las más elevadas del mundo.

Cada día, decenas deciden abandonar su propio hábitat y seres queridos para alcanzar la cercana República Dominicana, con la ilusión de encontrar más allá de la frontera mejores condiciones de vida. Es así que muchos se establecieron en la parte Oriental de la Isla e iniciar a especie de un calvario, para no dejarse morir en aquella tierra agreste y pedregosa, con delebles caminos de montañas. Los migrantes durante su peregrinación hacia la esperanza, son guiados por traficantes y dominicanos que, a menudo con la complicidad de agentes de seguridad corruptos exigen un “peaje”.

LOS BARRACONES

Símbolo por excelencia de esta cruda realidad son los bateyes, los barracones son pequeños aglomerados de barracas dispersos entre las inmensas plantaciones de caña de azúcar. Los barracones, creados durante centurias de años para acomodar a los trabajadores durante la zafra, con el tiempo se han vuelto en verdaderas comunidades invisibles, bastiones de pobreza y marginación. Los barracones en los bateyes tienen similitud a campos de concentración y constituyen todavía guetos sociales y económicos reservados a la población de origen haitiana.

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Son almacenes donde se consume la tragedia humana de muchos trabajadores forzados a sobrevivir día tras día en condiciones al borde del sufrimiento, tolerancia y de la dignidad humana. Malviven los unos sobre los otros en estos barracones, hombres, mujeres y niños comparten espacios angostos e indecentes, sin ventanas, energía eléctrica y agua, durmiendo por el suelo o sobre improbables camas de castillo, en colchones de espuma, con sábanas remendadas. En los barracones se vive una verdadera vida de prisionero del azúcar, victimas impotentes de un sistema de trabajo basado en el “engaño y el robo”.

Muchos emigrantes haitianos que tiene hasta 90 años en los bateyes, llegaron movido por las promesas vendidas a los trabajadores de que eran realmente tentadoras: Buenos salarios, fiestas pagadas, premios de producción, seguro social, liquidación y casas amuebladas.
La ilusión de una fácil ganancia los arropó y se tragaron el cuento, viendo la realidad muy diferente al cabo de poco tiempo. Los días en los bateyes empiezan a las 4:00 de la madrugada, cuando los braceros despiertan sin haber amanecido y terminan cuando se oculta al astro luz y no hay nada que hacer que no sea mal bañarse y jugar una y que otra mano de dominó.

En muchos bateyes de Hato Mayor y San Pedro de Macoris no se desayuna y sólo se almuerza hasta que llegue la luz solar, alumbrando un nuevo día de faena y sacrificio. Muchas mañanitas sólo sirven para afilar los machetes, para correr en filas, como si fuera un ejército a invadir los campos de caña. Picar o cortar la caña es un trabajo duro, cansado y peligroso y se hace sin protección, sin guantes en las manos, lo que forza a que la piel negra del brasero se torne negra y ceniza. Cuando abren las manos, los braceros muestran sus heridas de batalla, librada con el palo dulce, que finalmente beneficiará al dueño del emporio azucarero.

Como si fueran esclavos de guerra, trabajan sin interrupción hasta 10 y 12 horas por día, a menudo hasta los domingos, sin contrato escrito ni salario fijo. Cobran quincenal al destajo, según las toneladas acumuladas, pero finalmente le pagan lo que el patrón o el capataz consideran. Los salarios son infames, las condiciones de trabajo inhumanas, sin seguros médicos, pero plagados de enfermedades.

Cantidad

Se presume como hipótesis que en República Dominicana haya entre 500 mil y un millón de haitianos, cifras que se quedan en las especulaciones, porque la mayoría carece de documentos. La vida lo envuelve zafra tras zafra, año tras año, quedando atrás las esperanzas de volver a encontrarse con sus seres queridos en Haití.

Cifras

Los bateyes y comunidades más pobladas por emigrantes de origen haitianos en el Este son: Haití Mejía, Paraíso Dos, Vasca, Montecristi, Mata de Palma, Jalonga, La Higuera, Batey Lechuza, Gautier, Quisqueya, San José de los Llanos, Las Pajas, Cambalache, Pringamosa, Altagracia, Isabel y Construcción. También, Consuelito, Alejandro Bass, Monte Coca, Bejucal, Maguá, Batey UCE, El Botecito, El Soco, Guaza, Doña Ana, Anita, La Plaza y Casa Colorá, entre otros.