Lenguaje inclusivo

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Toda lengua cambia y se adapta a las nuevas realidades y necesidades de la comunidad que la utiliza, expresando aquello que la sociedad valora, y urge comunicar y expresar en un momento determinado de su desarrollo, mientras que aquello que no es nombrado, simplemente no existe.

Llevando esta premisa al ámbito del género, encontramos que la increíble ausencia de la evocación directa de lo femenino en el discurso lingüístico no es algo de menor importancia, sino que implica una infravaloración social de la necesidad de una representación simbólica de las mujeres en privilegio de los rasgos asociados con la masculinidad.

El uso del lenguaje sexista o androcéntrico expresa una existencia atribuida a las mujeres desde la cosmogonía de los varones, así como comportamientos socialmente asignados a éstas, resultando en la construcción de un género performativo, excluyente y anulador.

La terminación en o, proviene del indoeuropeo antiguo, cuando no existían las palabras en femenino y masculino en el lenguaje.

De ese brinco del indoeuropeo al latín, y del latín a las lenguas romances, fue que se crearon los géneros masculino y femenino, y para distinguirlos, se agregaron las terminaciones en “a”, como contraste de la “o”. Para el masculino no se inventó ningún sufijo, se le dejó el que antes era el neutro.

De modo que nunca se inventó el masculino primero, ni se le dio preferencia. Más bien, les dio pereza encontrar un sufijo masculino y así lo dejaron compartiendo la misma gramática que la del neutro.