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Un nuevo horizonte jurídico (1 de 2)

Por Rafael Barón Duluc Turismo y Sociedad

Durante décadas, la República Dominicana ha convivido con un sistema jurídico profundamente desfasado en dos de sus pilares fundamentales: la legislación penal y la normativa laboral. El Código Penal, herencia del siglo XIX, y el Código de Trabajo, vigente desde 1992, se mantuvieron como marcos legales anacrónicos, incapaces de responder adecuadamente a los desafíos sociales, económicos y criminales del siglo XXI.

El hecho de que ambos cuerpos normativos hayan sido finalmente aprobados por el Senado de la República representa un hito histórico y un punto de inflexión en la vida institucional del país. No solo porque se salda una deuda legislativa largamente postergada, sino porque se envía un mensaje contundente: la democracia dominicana puede superar sus propias trabas y avanzar con responsabilidad hacia el futuro. Un camino plagado de obstáculos.

Desde el año 2000, la reforma del Código Penal ha sido objeto de múltiples intentos fallidos. Aprobado por el Congreso en 2006 y vetado por el entonces presidente Leonel Fernández; modificado y aprobado nuevamente en 2014 bajo Danilo Medina; anulado por el Tribunal Constitucional en 2015 tras un recurso de inconstitucionalidad; aprobado y archivado repetidamente en la legislatura 2020- 2024; el Código Penal se convirtió en una suerte de laberinto legislativo.

Su punto más álgido: la controversia sobre la despenalización del aborto bajo tres causales, que dividió a la sociedad y bloqueó avances por años. En paralelo, la reforma al Código de Trabajo arrastraba más de veinte años de discusión infructuosa. Desde que en 2011 la Estrategia Nacional de Desarrollo (Ley 1-12) ordenó su evaluación, pasando por las mesas de diálogo tripartitas iniciadas en 2013 y suspendidas en 2015, el país fue incapaz de alcanzar el consenso necesario.

El nudo principal: la cesantía. Mientras el sector empresarial consideraba que el actual régimen desincentivaba la formalidad, los sindicatos temían una pérdida de derechos adquiridos. Ambos procesos estuvieron atrapados por intereses sectoriales, presiones ideológicas y cálculos electorales.

Durante años, la incapacidad de avanzar en estas reformas debilitó la credibilidad del Congreso y la confianza ciudadana en el Estado de derecho. Una victoria de la institucionalidad La reciente aprobación en el Senado de la República de estos dos instrumentos jurídicos marca un antes y un después. En el caso del Código Penal, se trata de una versión que, aunque no zanja aún el tema de las causales.

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