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El fuego sin testigos

Por Romina Aschpurwis Desde el umbral

Nadie te advierte que el verdadero trabajo empieza cuando termina la inspiración. Que el vértigo del comienzo es apenas eso: un relámpago. Que lo que levanta una idea no es su fulgor, sino su sombra. Lo invisible. Lo que no se muestra. Lo que no se dice. Lo que no se cuenta. María Guerrero, presidenta de Acción por la Música en Madrid, escribió hace poco sobre ese lugar silencioso del emprendimiento donde todo lo importante ocurre sin que nadie lo vea.

Y algo en mí se detuvo, como si me recordaran una verdad que uno sabe, pero olvida a diario: que un proyecto no se transforma por lo extraordinario, sino por cómo uno atraviesa lo ordinario. Resolver lo que no apetece. Repetir lo que aburre. Volver donde dolió.

Aguantar sin que se note. Corregir en voz baja. Volver a empezar cuando ya se ha empezado mil veces. No hay épica en eso. No hay titulares. Pero ahí — ahí mismo— se afina el carácter, se curte la voz, se desbasta el ego. Se revela el fondo. Y entonces uno entiende: crear no es el verbo más difícil. Sostener lo es. Sostener sin certeza. Sostener sin testigos.

Sostener cuando ya no hay por qué, pero igual se hace. Porque eso que llamamos vocación no es pasión. Es obstinación lúcida. Una forma de cuidado feroz. De fidelidad sin relato. Una manera de quedarse. De habitar. De persistir en medio del desgaste. Lo demás —los logros, los aplausos, la forma que toma lo visible— es solo espuma. Lo que permanece es lo que nadie ve. Y sin eso, todo lo demás se cae.

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