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¿Victoria o derrota?

Por Oscar Quezada Sin Tapujos

Cada vez que un joven pierde la vida en un enfrentamiento con la Policía, la sociedad suele concentrarse en los hechos más inmediatos, como el incidente, circunstancias que lo rodearon y el historial de la persona involucrada.

Sin embargo, detrás de estas tragedias hay historias que pocas veces se analizan con profundidad.

La mayoría de los jóvenes muertos en escenarios violentos no habían alcanzado los 30 años de edad.

Eran personas que apenas iniciaban la vida adulta y que, en algún momento de su infancia o adolescencia, estuvieron bajo la guía de una familia, asistieron a una escuela y formaron parte de una comunidad.

No pretendo abordar la historia particular de cada caso. Sería injusto atribuir responsabilidades en automático a los padres, quienes en muchas ocasiones enfrentan largas jornadas laborales, dificultades económicas y entornos sociales complejos.

Pero tampoco puede ignorarse que la formación de los hijos requiere presencia, acompañamiento, seguimiento y comunicación constante.

La sociedad moderna ha multiplicado las distracciones y reducido el tiempo compartido en los hogares.

Mientras muchos adultos se concentran en el sustento familiar, algunos adolescentes crecen expuestos a influencias que terminan moldeando su conducta lejos de la supervisión de sus padres.

La responsabilidad no recae únicamente en la familia. La escuela, iglesias, organizaciones comunitarias y las propias autoridades tienen un papel que desempeñar en la construcción de oportunidades y valores.

Cuando varios de esos espacios fallan al mismo tiempo, aumenta el riesgo de que algunos jóvenes busquen referentes en ambientes equivocados.

Cada muerte de un joven no debería celebrarse como un logro, sino como una derrota.

Porque, al margen de los expedientes policiales y titulares de periódicos, resta preguntarnos qué señales no vimos, qué conversaciones nunca tuvimos y qué acciones pudieron tomarse antes de ser testigos de un desenlace infeliz.

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