Yesenia iba camino a su trabajo, como tantas personas que cada mañana salen a ganarse el sustento de sus familias. No imaginaba que, en medio de ese trayecto cotidiano, la imprudencia de un joven cambiaría su vida durante varios meses.
Un jovencito que calibraba una motocicleta la chocó mientras levantaba el vehículo sobre una rueda.
Después del impacto, el imprudente perfecto siguió su marcha como si nada hubiera ocurrido. No se detuvo siquiera a comprobar el estado de la mujer que acababa de atropellar.
Tampoco pareció importarle que, detrás de aquella maniobra temeraria, había una persona con una familia, un empleo y obligaciones económicas.
Yesenia pagó un precio muy alto. Tuvo que ausentarse durante meses de su trabajo y, todavía hoy, confiesa que siente fuertes dolores en la parte superior de su brazo izquierdo, que fue donde recibió el golpe más severo.
El accidente quedó atrás, pero las consecuencias siguen presentes.
Su historia debería llevarnos a pensar seriamente en lo que ocurre en nuestras calles, donde algunos conductores convierten las motocicletas en instrumentos de exhibición, desafían las reglas y actúan como si el espacio público les perteneciera.
Levantar una motocicleta en movimiento puede parecer una gracia para quien busca llamar la atención, pero basta un segundo para que esa demostración irresponsable termine destrozando la tranquilidad de una familia.
También hay que detenerse en la conducta posterior al choque. Marcharse sin por lo menos comprobar si la persona afectada necesita ayuda revela una falta de responsabilidad inexcusable.
Conducir implica reconocer que nuestras acciones pueden afectar la vida de otras personas.
Pienso en mi amiga Yesenia y en los meses que perdió de su rutina laboral, en las molestias que todavía debe soportar y en todo lo que pudo evitarse con una conducta prudente.
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