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Billo frómeta: La diáspora del Merengue

Por Romina Aschpurwis Desde el umbral

A veces, un hombre no sabe que se ha convertido en símbolo. Camina por la calle, ensaya en silencio, afina su instrumento o su voz, y no advierte que el eco de sus actos cruzará generaciones.

La historia no siempre avisa cuando alguien la está escribiendo con acordes. Rafael Enrique “Billo” Frómeta nació en Santo Domingo en 1915, pero no se quedó ahí. Partió. Como tantos otros. Pero su viaje no fue solo un desplazamiento geográfico: fue una mutación del alma.

En Caracas, se convirtió en otra cosa. No en otro hombre, sino en el mismo hombre expandido. Una especie de alquimista del ritmo, capaz de transfigurar la nostalgia en fiesta, la ausencia en pertenencia, el merengue en ciudadanía sonora.

Porque eso fue Billo: un ciudadano de la música, un extranjero que se volvió indispensable. En Venezuela no fue solo bienvenido: fue absorbido por la memoria colectiva.

Su orquesta, sus arreglos, su batuta precisa y su oído incansable tejieron una red de afectos que sobrevivió dictaduras, crisis, décadas. No conquistó: se entregó. Pero lo más asombroso no fue su fama, sino su fidelidad.

Nunca dejó de ser dominicano, aunque le doliera en el pecho. Jamás traicionó su raíz. Y esa lealtad silenciosa, sin proclamas, es la forma más profunda de amor a la tierra: llevarla consigo a donde se va, sin imponerla, pero sin diluirla.

En nuestra reciente visita a Caracas con los estudiantes de El Sistema Punta Cana, fuimos testigos de cuánto permanece vivo ese legado. En un gesto profundamente simbólico, la hija de Billo, Magdalena Frómeta, obsequió al maestro Manuel Marcano el libro Billo Frómeta: Hombre y Orquesta.

Un acto sencillo, pero cargado de sentido: el testimonio de un hijo de esta tierra que hizo historia fuera de ella. Recomiendo a todos leerlo. No solo por su valor musical, sino por su verdad humana.

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