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Cubeta en lugar de mochilas

Por Redacción El Tiempo

El pasado fin de semana, mientras viajaba de Higüey hacia Verón, vi a unos niños, aparentemente menores de 12 años, con cubetas plásticas que contenían dulces, y otros con el famoso chulito hecho de yuca.

Mientras la guagua se detenía un poco por el alto flujo vehicular, los niños corrían hacia los demás autobuses de transporte para subir a vender. No es la primera vez que veo este tipo de escenas. Siempre que viajo, veo niños vendiendo, y no es solo uno.

En La Otra Banda, por ejemplo, puedes encontrar hasta 10 niños en las calles buscándose el pan de cada día. Ver este tipo de cosas me hizo retroceder a cuando estaba en la universidad y debía hacer un trabajo sobre alguien que vendiera en las calles.

Igual recorde aquellos tiempos de mi primer empleo, como cajera en una casa de cambio. Siempre veía a un niño que iba a cambiar monedas por dinero en bilo lletes. Me atreví a preguntarle si podía ayudarme con el trabajo, y aceptó.

Este niño me comentó que, en aquel tiempo, en 2019, vendía helados a 10 y 15 pesos. Salía el día entero a vender y volvía a su casa solo cuando ya no le quedaban productos en su pequeña heladera. El niño, de tez negra, me conmovió profundamente porque no estudiaba; solo se dedicaba a trabajar para ayudar.

No recuerdo con claridad si era huérfano o si simplemente ayudaba a su madre, fue hace unos años y ya no bilo tengo claro. Pero este tipo de casos me hace preguntarme: ¿dónde están los padres de estos niños que andan todos los días en las calles trabajando? ¿Por qué algunos niños no pueden tener la misma calidad educativa y familiar que otros hemos tenido? Esto se convierte en un círculo vicioso.

Esos niños no estudian porque tienen que trabajar para poder comer. No tienen dinero para estudiar ni para comprar materiales de apoyo educativo. El Código de Trabajo, en su artículo 245, prohíbe el trabajo de menores de 14 años. Pero entonces, si está prohibido, ¿por qué sigo viendo tantos niños en las calles?

Muchos de ellos talvez quisieran estudiar, pero su estatus económico o, quizás, la ausencia de una familia que los apoye se los impide. Son muchas preguntas sin respuestas: ¿cómo será su comida diaria? ¿Dónde comen? Porque, en vez de tener una niñez llena de momentos especiales y carcajadas, están en las calles aguantando agua, sol y sereno para poder trabajar y poder tener dinero.

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