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Arquitectura de la Exclusión

Por RAMÓN ZORRILLA A tiempo

Basta con salir a las calles de la ciudad e imaginar que alguien se desplaza en silla de ruedas, para darse uno cuenta de que la ciudad está hecha con una especie de arquitectura de la exclusión. Caminar por las calles se convierte en una carrera de obstáculos.

Las aceras oblicuas, que fuerzan el equilibrio, y el pavimento roto no son solo falta de mantenimiento: son una violación al derecho de libre tránsito. Para alguien de más de 50, una caída no es solo un tropiezo, es un riesgo vital que la ciudad ignora. En cualquier momento te encuentras con un poste del tendido eléctrico plantado en medio de la acera, cual centinela que les recuerda a los mayores que la ciudad ya los jubiló y que, si no pueden pagar para que alguien fuerte y joven les acompañe, mejor que se queden en casa escuchando My Way, porque “el fin pronto vendrá”.

Olvidando que, si ciertamente vivieron la vida a su manera, probablemente, en el teatro de su vida no hayan actuado su última escena. La trampa de la silla de ruedas: si llegara el momento de tener que utilizar una silla de ruedas, descubrirás que esta es solo una trampa.

• Rampas imposibles: con inclinaciones de 45 grados que parecen hechas para alpinistas, no para seres humanos normales. • El aislamiento en el parking: el drama de ser “depositado” en un estacionamiento y descubrir que no hay manera accesible para llegar a la puerta principal o entrar a una tienda. Es una forma de segregación moderna.

La humillación en los espacios privados (baños y hoteles) • Baños: puertas demasiado estrechas o espacios donde una silla de ruedas no puede girar. • Hoteles que excluyen: la paradoja de pagar por un servicio de descanso en un lugar que te recuerda tus limitaciones físicas cada vez que intentas usar la ducha, el armario o el propio baño. El drama no termina en lo escrito anteriormente.

Si usted está en silla de ruedas, no intente ir a una instalación deportiva, pues se enterará de que no puede acceder para presenciar un partido de baloncesto o tenis, ya que las instalaciones deportivas públicas son hechas solo para personas en todas sus facultades físicas y motoras. Pero no crea que la negativa arquitectónica a su libertad de tránsito ha terminado.

Si tiene algún nieto o incluso hijo en alguna escuela o liceo público, lo más probable es que nunca pueda ir a alguna actividad escolar, porque las instalaciones no son accesibles. Otra imposibilidad ocurre cuando trate de viajar en transporte público porque, a pesar de que hace mucho tiempo existen aditamentos para que pueda ingresar con su silla de ruedas o usando algún implemento para caminar que le impida abordar normalmente, pues es casi imposible ver un transporte público que tenga un escalón deslizable que le permita subir.

Hemos llegado tan lejos que hay una moda de llamar “dinosaurio” a cualquier persona que parezca mayor, como forma de llamarle inútil o que está fuera de lugar, olvidando que la experiencia no se jubila.

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