lunes, junio 17, 2024
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Algo más que palabras: El mar de la vida no admite la cultura que oprime 

Algo más que palabras: El mar de la vida no admite la cultura que oprime

Víctor Corcoba Herrero | corcoba@telefonica.net
Me gusta el planeta con su horizonte celeste, dispuesto siempre a abrazarnos, pero también me ensimisma ese oleaje de sueños que nos alientan, ese mar de la vida en perenne movimiento, que moviliza el corazón y nos recluta a navegar por los abecedarios de los sentimientos. La calma absoluta no es norma en nosotros ni en nada de lo que nos rodea. Todo ha de estar vivo, empapado por el aire y el agua, y todo ha de poseer la fuerza de la esperanza, que no es otra que la luz vertida de unos hacia otros.  Hemos de hacer, pues, de la preciosa y sorpresiva crónica un motivo de celebración permanente. No estamos para destruirnos, sino para ser tiernos con esa eternidad que nos circunda y que a todos, por igual, ha de pertenecernos. Quien no valora lo que tiene difícilmente puede entender nada. Hoy sabemos que la masa de agua absorbe alrededor del 30% del dióxido de carbono producido por los humanos, amortiguando los impactos del calentamiento global.  También nos consta que esa concurrencia de suelos, que nos facilita el camino de nuestros andares, requiere de esa biodiversidad natural, que es la que nos pone alas y vivifica. Por eso, es menester que nuestras huellas mundanas se sensibilicen con ese espíritu natural para no degradarse más. El actual modelo de desarrollo, tan injusto como cruel, nos viene dejando sin alma. Olvida, que uno existe para hallarse en la poética sorpresa, de ser para los demás, ese soplo que no amarga y ese abrazo que endulza.  Indudablemente, nunca es tarde para rectificar. Comencemos por fortalecer ese innato espíritu campestre cuanto antes. Veamos la manera de no defraudarnos.  El verso de la creación no puede marchitarse a nuestro antojo. Necesitamos otras luces menos interesadas. La sabiduría de los relatos armónicos del tiempo, nos reconoce esa voluntad respetuosa con todo lo que nos rodea, ese buen uso de la composición que es lo que nos da memoria, ese  ánimo  creativo de generosidad y entrega hacia la mística del universo.  Todo esto ha de reconducirnos hacia otros lenguajes, más en coherencia con esa comunión oceánica liberadora, que nos hace levantar los ojos y mirar hacia los verdaderos horizontes existenciales. Por desgracia, mayormente los dominadores del planeta son los grandes falsificadores. En consecuencia, urge regresar a esa legión de auténticos servidores, convencidos  de que la mayor regeneración humana debe comenzar por nuestras propias actitudes, más respetuosas y responsables con la naturaleza, incluso con nuestra propia identidad.  Quizás tengamos que entender de otro modo la política, las finanzas y hasta nuestros propios estilos de vida, arcaicos y opresores a más no poder, que dificultan cualquier alianza entre la humanidad y el ambiente.  Sin duda, se requieren de otras fortalezas más cooperantes y persistentes con el planeta,  lo que nos exige una modificación de tácticas. ]]>