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Entre quimioterapias y cambios físicos, María Altagracia enfrenta el cáncer de mama

Por Hilma Feliciano

Altagracia Severino Medina cambió en 2025, cuando una mamografía reveló un tumor de aproximadamente tres centímetros en su mama derecha. A sus 66 años, la profesora pensionada tuvo que cambiar la tranquilidad de sus días dedicados al hogar por una rutina marcada por consultas médicas, tratamientos agotadores y una recuperación que ha puesto a prueba su resistencia física.

Desde entonces, ha enfrentado el cáncer de mama acompañada por su familia, sus amigos y su fe. Sin embargo, uno de los recuerdos que más le duele no está relacionado con una cirugía ni con la caída del cabello, sino con la impotencia de su esposo al verla perder casi por completo el apetito durante las quimioterapias. Su experiencia representa el lado humano de una enfermedad que afecta a miles de mujeres y que requiere atención médica, acompañamiento familiar y acceso oportuno a los servicios de salud. En El Seibo, donde reside o con cuya realidad se relaciona esta problemática, los registros oficiales muestran una señal de alerta: no aparecen mamografías bilaterales realizadas entre enero y agosto de 2026 en la estadística consultada.

DIAGNÓSTICO QUE CAMBIÓ SU VIDA

María Altagracia descubrió que tenía cáncer en 2025, después de someterse a una evaluación ginecológica y una mamografía que identificó el tumor en la mama derecha. Los estudios posteriores determinaron que padecía un carcinoma infiltrante, por lo que necesitó evaluaciones adicionales para conocer el alcance de la enfermedad y definir el tratamiento. Al recibir el diagnóstico, asegura que no se sorprendió, porque había soñado en varias ocasiones que tenía la enfermedad. Según explica, sentía que su subconsciente la había preparado para enfrentar aquella noticia.

Su reacción fue buscar ayuda médica de inmediato. Tanto ella como su familia procuraron iniciar las evaluaciones y el tratamiento sin perder tiempo, conscientes de la gravedad de la situación. La noticia, sin embargo, golpeó de manera distinta a cada integrante de su familia. Sus hermanas se enteraron antes de que ella y, según relata, hicieron un mortuorio antes de tiempo, movidas por el temor de perderla. Su esposo y sus hijos entraron en una etapa de negación, porque aceptar la posibilidad de que María Altagracia estuviera gravemente enferma resultaba doloroso. Sus amigos comenzaron a acercarse con oraciones, aportes económicos y palabras de aliento. Aquellas muestras de solidaridad se convirtieron en una fuente de apoyo durante los días de mayor incertidumbre.

TRATAMIENTO Y DIFICULTADES

Para enfrentar el cáncer, los médicos indicaron inicialmente una serie de análisis destinados a determinar cuánto daño habían sufrido sus células y cuáles órganos podían estar afectados. Después comenzó un proceso que exigió tiempo, resistencia y una adaptación constante a los cambios de su cuerpo. Como parte del tratamiento, recibió 16 sesiones de quimioterapia cada 21 días para reducir el tumor y tratar la enfermedad.

Al completar esta etapa, descansó un mes antes de someterse a una cirugía en la que le extirparon ambas mamas, una decisión que solicitó por temor a que el cáncer se extendiera a la izquierda. Las mayores dificultades estuvieron relacionadas con los efectos físicos de las terapias y su impacto en la vida cotidiana. Su testimonio no detalla obstáculos económicos o administrativos para acceder al tratamiento. Uno de los momentos más duros ocurrió durante las quimioterapias, cuando perdió casi por completo el apetito. Mientras luchaba por alimentarse, su esposo sufría al verla sin fuerzas y lloraba por no poder hacer más para ayudarla.

CUERPO TRANSFORMADO

La enfermedad ha dejado huellas visibles en María Altagracia. Además de perder el cabello, experimentó una considerable pérdida de peso, oscurecimiento de manos y pies, erupciones cutáneas, moretones y endurecimiento de las venas. También sufrió neuropatía en ambas piernas, hasta necesitar un bastón para caminar. Pese a estos cambios, afirma que no ha experimentado alteraciones emocionales importantes. Ha decidido asumir el cáncer como una enfermedad potencialmente mortal que debe enfrentarse siguiendo las indicaciones médicas y manteniendo su confianza en Dios.

Actualmente está en convalecencia, tras un proceso que ha transformado su cuerpo y la dinámica de su hogar. Su familia y amigos han sido fundamentales. Su testimonio recuerda que los pacientes necesitan, además de atención médica, compañía, información clara y servicios de salud accesibles. EL SEIBO La experiencia de María Altagracia cobra relevancia ante los datos sobre el acceso a mamografías en el país. Según cifras del Repositorio de Información y Estadísticas de Servicios de Salud (RIESS), del Servicio Nacional de Salud (SNS), citadas por la ginecóloga- obstetra Lilliam Fondeur, El Seibo no registró mamografías bilaterales entre enero y agosto de 2026.

La provincia figura entre 11 demarcaciones sin estudios registrados en ese período, junto a San Pedro de Macorís, Sánchez Ramírez, María Trinidad Sánchez, Monte Cristi, Hato Mayor, Bahoruco, Dajabón, Santiago Rodríguez, Independencia y Pedernales. La ausencia de registros no confirma que no se hayan realizado estudios, pero plantea interrogantes sobre su disponibilidad y documentación. A nivel nacional, se reportaron 20,784 mamografías bilaterales, de las cuales el 62 % se concentró en el Distrito Nacional y la provincia Santo Domingo.

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