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Visa para un sueño: El arte como pasaporte

Por Romina Aschpurwis Desde el umbral

En un rincón del mundo donde la urgencia de lo inmediato parece imponerse sobre los anhelos profundos, hablar del arte como necesidad puede sonar, para muchos, como una excentricidad.

Sin embargo, quienes hemos sido testigos de lo que ocurre cuando un niño toma por primera vez un instrumento con reverencia, o cuando una melodía logra que un joven se descubra capaz de algo grande, sabemos que el arte no es un lujo.

Es una posibilidad. Más aún, es una forma de libertad. Hay quienes cruzan fronteras con un pasaporte físico, expedido en serie. Pero hay otros —menos visibles, menos ruidosos— que cruzan fronteras simbólicas con un pasaporte cultural en la mochila: el que se construye a fuerza de disciplina, sensibilidad, esfuerzo y belleza.

El arte, cuando se cultiva con rigor y se abraza con humildad, se convierte en algo más que una forma de expresión. Se transforma en una visa para un sueño, no en el sentido trivial del espectáculo, sino como ese salvoconducto que permite salir del encierro de lo inmediato y entrar en el territorio de lo posible.

No se trata solo de ir lejos, sino de ver más hondo. Un joven formado en el arte aprende a habitar el silencio, a convivir con la complejidad, a tolerar la frustración y a encontrar sentido allí donde otros solo ven ruido.

Y aunque muchas veces la sociedad no lo perciba, ese joven ya ha cruzado una frontera decisiva: ha comenzado a vivir con conciencia. Cuando una comunidad ofrece acceso real al arte, no está sembrando entretenimiento, sino ciudadanía. Está formando seres humanos capaces de pensar, de imaginar y de resistir.

Porque sí: en tiempos de ruido y banalidad, la belleza también es una forma de resistencia. Y aunque las becas, los viajes o los escenarios internacionales lleguen — como a veces llegan—, lo más valioso no es el destino, sino la transformación del viajero.

El verdadero pasaporte no es solo el que sella una embajada, sino el que se imprime en el alma: ese que dice, en voz baja pero firme, “soy capaz de más”. Por eso, cuando abrimos una puerta al arte, estamos abriendo, sin saberlo, una puerta al porvenir.

Porque no hay política más seria, ni inversión más noble, que aquella que cultiva el espíritu. Y es allí, justamente, donde comienza la verdadera ciudadanía: en el derecho a soñar con un mundo más justo, más sensible, más humano.

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