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Lo que Dios espera de nosotros

Por Tharadin Isenia Según la Biblia

A veces da la impresión de que seguir a Cristo es una tarea reservada para unos pocos. Se habla de la vida cristiana como un camino lleno de exigencias imposibles, una carga demasiado pesada y un estándar que nadie puede alcanzar. Pero ¿es eso lo que Dios dice en su Palabra? La respuesta es no. Dios nunca ha sido ambiguo respecto a lo que espera de nosotros. En Deuteronomio 10:12-13 encontramos una respuesta clara: “…, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti? Solamente que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, que lo ames y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, para tu bien.” Llama la atención que el pasaje comienza con una pregunta: ¿qué pide Dios de nosotros?

Y la respuesta no es una lista interminable de requisitos. Dios no nos pide que seamos superhumanos, sino que le reconozcamos, le amemos y decidamos caminar con Él. Esta misma idea se resume en Miqueas 6:8: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios.” En otras palabras, Dios no nos está llamando a una vida imposible, sino a una vida rendida. No busca una perfección basada en nuestras fuerzas, sino un corazón dispuesto a depender de las suyas.

Y quizá ahí está la diferencia. La vida ya trae suficientes cargas, desafíos y preocupaciones. Pretender enfrentarlo todo solos resulta agotador. Dios no añade una carga más; nos invita a llevarla con Él. Mientras atravesamos este mundo pasajero, donde somos peregrinos, promete sostenernos y guiarnos. Lo verdaderamente difícil es intentar vivir una vida sin Dios. Por eso Jesús nos dice: “Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).

El evangelio no es tan complicado como muchas veces lo hemos hecho parecer. Al final, Dios no espera personas extraordinarias; espera personas dispuestas a confiar plenamente en Él. No busca capacidades excepcionales, sino corazones rendidos. Y cuando aprendemos a temerlo, amarlo y caminar en sus caminos, obedecer deja de ser una obligación pesada para convertirse en la respuesta natural de un corazón que ha entendido quién es Dios. Después de todo, aquello que Dios nos pide siempre es para nuestro bien. Cuando nuestro corazón le pertenece, seguirle ya no se siente como una carga, sino como el camino más seguro. Porque, al final, lo que Dios espera de nosotros no es imposible; es una invitación a vivir cerca de Él.

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