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La vergüenza de todos

Por Romina Aschpurwis Desde el umbral

Hay momentos en que la realidad se desgarra y nos muestra su rostro más insoportable. Una joven descubre, meses después, que fue ultrajada por seis hombres. No lo supo en el instante en que su cuerpo fue reducido, ni en la madrugada en que la drogaron para arrebatarle la voluntad. Lo supo cuando la imagen de ese crimen circuló como mercancía en las redes sociales: la escena de su violación convertida en espectáculo.

El horror ya no era solo el acto, sino su repetición infinita en la pantalla, un eco que no se apaga. La comunidad entera se estremece, protesta, exige justicia. Pero, detrás de la indignación, late una pregunta más profunda: ¿qué nos ha pasado como sociedad, que ya no distinguimos entre la intimidad y el consumo, entre la vida y el espectáculo? Esa joven fue doblemente herida: primero en la carne, luego en la memoria. Y lo segundo puede ser aún más cruel, porque no hay forma de cerrar los ojos frente a una imagen que se multiplica sin cesar. Los griegos usaban la palabra aletheia para nombrar la verdad: lo que se desvela, lo que se arranca de la sombra.

Aquí, la verdad se ha revelado de la forma más brutal, como una luz que quema. No fue la voz de la víctima la que salió a la superficie, sino un video, un archivo frío que expuso su dolor al escarnio público. Esa revelación, que debería servir para la justicia, terminó también convirtiéndose en instrumento de humillación. En la violencia sexual de grupo hay algo de tribunal macabro: seis hombres juzgando con la fuerza bruta, condenando a una mujer al silencio y la vergüenza.

El proceso judicial ahora se abre, pero la verdadera sentencia la dicta la sociedad: si permitimos que estos crímenes se repitan, si normalizamos que los videos circulen como entretenimiento, si toleramos la indiferencia como un hábito. La protesta en Villa González es un signo de que aún existe comunidad, que todavía hay un mínimo de humanidad dispuesta a levantarse frente al horror.

Esa es la grieta por donde puede entrar la esperanza. Pero no basta con indignarse una tarde; se trata de sostener, día tras día, el deber de reparar. La joven no pidió ser emblema de nada. Sin embargo, hoy su nombre, su historia, su imagen atravesada por el crimen, nos obligan a elegir entre la complicidad y la dignidad. Aletheia, la verdad, ha salido a la luz. Ahora nos toca a todos decidir si esa luz será justicia, o si seguirá siendo la llama que devora en silencio.

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