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La mentira que les contamos a nuestros hijos

Por Romina Aschpurwis Desde el umbral

Hay mentiras que no nacen de la maldad. Nacen del miedo. Una de ellas dice: “No estudies música porque de eso no se vive.» La escuchamos tanto que dejamos de preguntarnos si alguna vez fue verdad. Curiosamente, nadie le dice a un niño que abandone el fútbol porque solo unos pocos jugarán un Mundial. Nadie le prohíbe estudiar arquitectura porque existen arquitectos desempleados. Nadie le impide ser abogado porque el mercado está saturado. Pero basta que un niño tome un violín y aparece el oráculo de la familia: «Eso está muy bonito… pero estudia algo que sí deje dinero.» ¿Dinero? Hablemos entonces de dinero.

Un director de orquesta o compositor profesional en Estados Unidos tiene un salario anual mediano superior a los 63,000 dólares. Un músico de una orquesta profesional puede superar los 70,000 dólares anuales, y las grandes orquestas pagan mucho más. Los técnicos de sonido, productores musicales, ingenieros de audio, gestores culturales, compositores para cine, videojuegos y publicidad forman parte de una industria que mueve miles de millones de dólares cada año. Pero incluso esas cifras no son el punto.

El verdadero problema es otro. Seguimos imaginando que un músico solo puede vivir dando conciertos. Es como creer que un médico solo puede trabajar en un quirófano. Hoy un músico puede enseñar, producir discos, grabar bandas sonoras, trabajar en plataformas digitales, dirigir festivales, gestionar instituciones culturales, restaurar instrumentos, diseñar proyectos sociales, coordinar orquestas, crear empresas culturales o producir espectáculos para el turismo. La música dejó hace mucho de ser únicamente un escenario. Ahora también es empresa.

Es educación. Es tecnología. Es desarrollo. Y, sobre todo, es trabajo. Entonces la pregunta cambia. No es si la música da. Es si estamos preparando a nuestros hijos para el mundo que existe o para el mundo que existía cuando nosotros éramos niños. Quizás el mayor obstáculo para un joven talento no sea la falta de capacidad. Sea la falta de permiso para soñar. Hay padres que compran el uniforme de béisbol sin preguntar cuánto ganará su hijo dentro de veinte años. Hay quienes pagan academias de fútbol durante una década sin garantía alguna.

¿Por qué la música tendría que demostrar su rentabilidad antes incluso de que un niño toque su primera nota? Tal vez porque seguimos confundiendo arte con pasatiempo. Y ese error tiene un costo enorme. Cada vez que un niño guarda su instrumento porque un adulto le dijo que «eso no da», no solo perdemos un posible músico. Perdemos un maestro. Director, gestor cultural, productor, técnico de sonido o creador.

O, simplemente, un ser humano que habría encontrado en la música una manera honesta y digna de construir su vida. No todos vivirán de la música, es cierto. Pero tampoco todos los ingenieros construirán puentes ni todos los abogados llegarán a la Suprema Corte. La diferencia es que a ellos casi nadie les pide renunciar antes de empezar. Tal vez la verdadera pobreza no sea la falta de dinero. Quizás sea una sociedad que enseña a sus niños a abandonar sus sueños antes de haber descubierto de qué son capaces.

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