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La responsabilidad de opinar

Por Redacción El Tiempo

Toda sociedad democrática necesita el debate. De hecho, el intercambio de ideas es uno de los fundamentos sobre los que se construyen las decisiones más trascendentales para una comunidad. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre debatir y simplemente reaccionar.

En los últimos años se ha vuelto frecuente observar cómo temas de enorme trascendencia para el presente y el futuro de nuestras comunidades son arrastrados al terreno de la opinión apresurada y juicios emitidos sin un mínimo esfuerzo de comprensión. Basta que un asunto adquiera notoriedad pública para que aparezcan voces dispuestas a defenderlo o condenarlo sin haber leído una sola página de los documentos que lo sustentan ni conocer los estudios, antecedentes o argumentos que le dieron origen. La ligereza se ha convertido en una práctica común.

Se opina primero y se investiga después, si es que alguna vez se investiga. El resultado suele ser un espectáculo ruidoso donde las palabrerías y emociones desplazan a las ideas y propuestas. No toda postura crítica es negativa. Por el contrario, cuestionar es saludable y necesario. Lo preocupante es cuando la crítica nace de la desinformación, del prejuicio o de la conveniencia circunstancial.

Los grandes desafíos de una nación exigen ciudadanos mejor informados y debates más responsables. Ningún proyecto de alcance colectivo debería analizarse desde la estrechez del beneficio individual ni desde la pasión del momento. La verdadera discusión debe partir de la pregunta: ¿qué conviene al país, a la comunidad y a las nuevas generaciones? Cuando aprendamos a debatir con argumentos sólidos y visión de futuro, podremos entonces generar decisiones que trasciendan el cortoplacismo y que sirvan al bien común.

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