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Una verdad incómoda, pero palpable e irrefutable

Por Redacción El Tiempo

Toda sociedad que confunde expansión con desarrollo corre el riesgo de pagar un alto precio. Cuando el crecimiento avanza sin reglas, sin infraestructura y sin régimen de consecuencias, deja de ser progreso para convertirse en amenaza.


Eso es lo que podría ocurrir en Punta Cana, donde el éxito turístico, en lugar de ser protegido con visión de Estado, parece empujado por la improvisación, la permisividad y la codicia irrefrenable.


El reputado empresario turístico Frank Rainieri ha puesto el dedo sobre una herida que muchos prefieren ignorar, al cuestionar la falta de acción estatal frente al crecimiento sin planificación de la zona turística más importante del país.


Y tiene razón. Ya no es solo el tránsito caótico, urbanizaciones levantadas sin plantas de tratamiento, casas que toman parte de las aceras o edificios erigidos en calles estrechas.
Es un modelo que atenta con devorar las bases que lo hicieron posible.


Cuando un destino turístico se satura, pierde competitividad. Cuando la movilidad colapsa, los servicios se degradan y el territorio se llena de desarrollos sin planificación, la marca del destino comienza a debilitarse.
Y cuando eso ocurre, la inversión se retrae y el visitante busca alternativas.


Punta Cana no es invulnerable. Puede sufrir reveses si le sigue sometiendo al desorden. Los polos turísticos del mundo que ignoraron los límites del crecimiento terminaron enfrentando congestión, deterioro ambiental, pérdida de exclusividad y declive.


Lo más grave es que esta distorsión es consecuencia directa de la falta de decisión política. Como advierte Frank Rainieri, ha faltado coraje y determinación para imponer orden.

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