En República Dominicana, las personas con discapacidad enfrentan un doble desafío: la lucha diaria contra los obstáculos físicos y la constante barrera invisible de la discriminación social y laboral. En las principales ciudades del país, y en especial en las zonas urbanas más densamente pobladas, las aceras están bloqueadas por vehículos parqueados de forma indebida, talleres improvisados y, lo más preocupante, la falta de diseño urbano accesible. No es raro ver cómo anaqueles con botellones de agua, o ventas improvisadas en las aceras, limitan el paso de quienes tienen alguna discapacidad.
Esta es solo una de las muchas formas de exclusión que enfrentamos a diario, y la pregunta es: ¿es este el país que estamos construyendo para todos? Las calles, los edificios públicos y privados, y hasta los espacios recreativos, no están pensados para la inclusión. Las personas con discapacidad no deberían verse obligadas a sortear obstáculos cada vez que intentan realizar una actividad cotidiana. Esta realidad es un reflejo irrefutable de la falta de compromiso social hacia un sector que debe ser tomando en cuenta en todos los aspectos de la vida pública.
El mercado laboral, de su lado, sigue excluyendo a ese segmento tan valioso de la población, impidiendo que esos ciudadanos, preparados profesionalmente en diversas áreas, puedan acceder a trabajos dignos y bien remunerados. No podemos seguir permitiendo que se les nieguen oportunidades y derechos. A todos nos corresponde asumir un cambio de cultura y mentalidad que promueva espacios de respeto y reconocimiento para las personas que viven con algún tipo de discapacidad.
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