En nuestro país se ha abierto la brecha electoral para las candidaturas independientes. Una oportunidad participativa para quienes no tienen militancia política reconocida o para quienes son excluidos por los partidos políticos. Si bien se abre un espectro para darle cabida a caras nuevas, ha de ser calibrado. Los experimentos de «candidatos independientes» han tenido resultados variados en América Latina, no así en República Dominicana, donde ni resultados han tenido.
El temor a que esa independencia fuera a ser mal aplicada, por carecer de una base compromisaria, por un lado, así como la ausencia de sentido de pertenencia con los electores, por otro lado, crea los resquemores de darle un «cheque en blanco» al elegid@, el cual le pondría el monto a su antojo sin régimen de consecuencias.
Los ejemplos de la forma de gobierno de los mal llamados independientes han resultado frustratorios, desesperanzadores y malos. Correa, Evo Morales y Chávez se encargaron de despotricar los sistemas políticos de sus países con toda suerte de maledicencias y acusaciones de daños y corrupción, a fin de presentarse como los salvadores, resultando al final más depredadores para sus naciones que sus atacados.
Su independencia, por un lado, resultó ser aparente; más bien, una descomunal dependencia hacia otros espacios políticos y económicos, pero con subordinación y supeditación como quiera. Tomando a Venezuela como parangón, el efecto nocivo del chavismo y su heredero Maduro no puede ser más devastador.
Por malos que fueran Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera, no socavaron su nación tal y como lo hizo el populista, anarquista, ateo, improvisador, abusador y destructor Hugo Chávez. Y lo que es peor: en procesos políticos independientes, Venezuela sepultó su sistema político tradicional, y hoy no hay quien la defienda con fortaleza.
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