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RD: Crisis de la convivencia pública

Por Paul Beswick

Reflexión que transforma

Por Paul Beswick.

En la República Dominicana estamos viviendo una preocupante transformación del debate público. Poco a poco, pasamos de intercambiar ideas a intercambiar ataques; de discutir argumentos a desacreditar personas; y de construir pensamiento colectivo a destruir reputaciones desde una pantalla.

Hoy, opinar parece haberse convertido en una batalla campal donde gana quien más humilla, quien más grita o quien logra viralizar el insulto más ofensivo. El respeto, que debería ser la base mínima de cualquier sociedad civilizada, está desapareciendo peligrosamente de nuestras conversaciones públicas.

Las redes sociales han acelerado este fenómeno. Plataformas que pudieron servir para educar, conectar y dialogar, muchas veces terminan premiando la agresividad, la vulgaridad y la confrontación. Mientras más hiriente es un comentario, más interacción genera. Mientras más dañino es un contenido, más rápido circula. Y así, casi sin darnos cuenta, comenzamos a percibir la violencia verbal como un entretenimiento.

Lo más preocupante es que esta conducta ya no se limita únicamente a la política que es la expresión más tóxica de este nuevo fenómeno social. La vemos en programas de televisión, en medios digitales, en debates sociales, en temas religiosos, deportivos, empresariales y hasta en conversaciones cotidianas. La diferencia de opinión se interpreta como una ofensa personal. Pensar distinto parece haberse convertido en motivo suficiente para atacar, ridiculizar o intentar enloderar a alguien públicamente.

Estamos criando generaciones que observan cómo la burla sustituye al razonamiento y cómo el insulto ocupa el lugar de la inteligencia. Jóvenes que aprenden que tener seguidores vale más que tener argumentos y que entienden el debate como una competencia de humillación pública.

El problema no es disentir. Las sociedades necesitan diferencias, críticas y cuestionamientos. El verdadero problema aparece cuando perdemos la capacidad de escuchar sin odiar, de responder sin destruir y de debatir sin deshumanizar.

No podemos permitir que el ruido sustituya al pensamiento ni que la agresividad se convierta en el nuevo lenguaje nacional. Recuperar el respeto en el debate público no es un asunto de cortesía; es una necesidad social urgente. Porque una sociedad que pierde el respeto al debatir sana y productivamente, tarde o temprano también termina perdiendo la capacidad de convivir en democracia.

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