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Nos estamos matando entre nosotros

Por Paul Beswick

Un país no se vuelve agresivo por accidente. Se vuelve agresivo cuando quienes debían darle ejemplo llevan muchos años mostrándole lo contrario. Cada machetazo en un colmado, cada disparo por un roce entre vehículos, cada riña que termina en velorio, etc., no es un hecho aislado: es la factura de un liderazgo —político, empresarial, comunitario— que renunció a educar con el ejemplo y gobernó, produjo, predicó y confundió con el desvio, el grito y el desprecio al que tiene menos relaciones y poder.

La violencia se aprende mirando hacia arriba:

El político que resuelve diferencias con insultos en lugar de argumentos enseña al ciudadano que gritar más fuerte es ganar. El empresario que trata a su empleado como recurso desechable enseña que el más débil no merece respeto. El líder comunitario que calla ante la injusticia para no perder favores enseña que la dignidad se negocia. Y el ciudadano de a pie, que no tiene tribuna ni cámara, replica exactamente lo que ve: resuelve a tiros y golpes porque nadie, desde arriba, perseveró en mostrarle otra forma.

No es casualidad que la impunidad institucional y la impunidad en la calle caminen juntas. Cuando el que manda no cumple la ley ni rinde cuentas, el que obedece tampoco cree que deba hacerlo. Cuando la justicia se aplica según el apellido o el bolsillo, el ciudadano común aprende que hacerse justicia por sus manos es tan legítimo como cualquier otra vía.

Un país fracturado por arriba y por abajo:

La élite dominicana —en el gobierno, en el sector privado, en las iglesias, en los gremios, en las organizaciones de base comunitaria— ha construido un país de dos velocidades: privilegio para quienes demuestran poder y deciden, precariedad y frustración para quienes carecen de esas «facilidades» y solo ejecutan. Esa brecha no se queda en las cifras económicas: se convierte en rabia acumulada que estalla en la fila del colmado, en el semáforo, en la discusión más simple.

El llamado es sobre todo a quien manda y no solo al ciudadano de a pie:

Basta de campañas de «cultura ciudadana» dirigidas al pueblo mientras el liderazgo, en sentido general, sigue sin ley, impune y ejemplarizando lo peor. El cambio no empieza en el barrio; el ejemplo debe comenzar en el despacho del funcionario, en los niveles directivos, en los gremios, en las juntas de vecinos y los pulpitos.

Exigimos:

Líderes que se comporten y rindan cuentas con la misma exigencia que piden al ciudadano común.

Justicia que no distinga por bolsillos y apellidos, para que nadie sienta que la violencia privada sustituye a una institución que podríamos catalogar de ineficiente o ausente.

Sectores político que dejen de tratar la desigualdad socio económica territorial como un daño colateral.

Ejemplo real, no discurso: el respeto no se ordena por decreto o circulares ejecutivas, se demuestra con el ejemplo de sus lideres.

Este país no está enfermo de violencia; está enfermo de un liderazgo que la toleró, la practicó y luego se lavó las manos culpando al pueblo. Basta ya! El cambio empieza donde está el poder, o no empieza en ningún lado.

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