Hay personas que nunca olvidan un favor que hicieron. No porque les produzca satisfacción haber ayudado, sino porque lo registran inmediatamente en su departamento interno de cuentas por cobrar.
Ese mercado de favores funciona como una empresa perfectamente organizada. Los que ejercitan esta práctica (millones de persona en todo el mundo) registran cuidadosamente cada gesto realizado, archivan el comprobante, generan el asiento contable correspondiente y guardan el expediente.
El favor queda contabilizado como un activo de alto rendimiento. Años después, el prestador de favores reaparece, pero ya no como benefactor, sino como auditor de deudas morales. Entonces, llega el momento de la conciliación de cuentas, que suele expresarse como una orden indirecta de pago, una presión sicológica sutil o una exigencia diplomática de devolución del favor prestado.
A partir de esta práctica se ha instalado la idea de que toda acción en beneficio de otros debe generar rentabilidad; que ningún gesto (por muy humanitario o solidario que sea) puede cerrar el período fiscal sin beneficios personales, y que toda relación humana debe producir dividendos.
Bajo esa lógica, la gratitud pasa de ser un sentimiento espontáneo a cuenta por pagar. Así, el favor se convierte en un instrumento financiero respaldado por la memoria del acreedor.
Los verdaderos favores, sin embargo, operan bajo una contabilidad distinta. Nacen de la generosidad, no se capitalizan ni generan intereses. Quien ayuda con franqueza no administra una cartera de deudores favorecidos.
La dignidad del gesto reside, precisamente, en no emitir facturas posteriores. Cuando una persona transforma su ayuda en obligación futura, el asiento moral queda descuadrado.
Porque aquella aparente acción desinteresada no era más que una inversión estratégica para transformar el favor en un pagaré disfrazado de buena voluntad.
Quizás sea esta una de las señales más evidentes del deterioro ético y moral de nuestro tiempo.
![]()


