El libro Tocando Vidas de Paula Freire recoge la experiencia del Sistema de Orquestas de Portugal, la Orquestra Geração, un proyecto que desde 2007 funciona en escuelas públicas y que ya lleva diecisiete años ofreciendo a miles de niños y jóvenes la posibilidad de hacer música sinfónica.
Inspirado en la visión del Maestro Abreu, este modelo portugués ha demostrado que la música puede ser el espacio donde lo social y lo artístico se funden para tocar vidas por medio de la inclusión. En sus páginas resuena la advertencia luminosa de Abreu: ser pobre no es no tener dinero, es sentir que no pertenecemos. Esa frase toca la médula de lo que entendemos por inclusión y exclusión. Incluir no es simplemente abrir una puerta para que entren los que estaban afuera.
Es algo más radical: es hacer que ese otro, hasta ayer invisible, sienta que es parte, que su voz, su gesto, su nota son indispensables para la armonía del conjunto. La exclusión, en cambio, es más sutil y cruel de lo que parece. No siempre se expresa en muros ni en prohibiciones. A veces se manifiesta en la indiferencia, en el gesto que ignora, en la estructura social que deja a miles de niños sin espacios donde reconocerse.
Esa exclusión —ese “no pertenecer”— es la verdadera pobreza. La Orquestra Geração en Portugal ha demostrado que una orquesta puede ser un espacio de ciudadanía sonora, donde cada instrumento encuentra sentido en la suma. En Punta Cana, esa misma misión se expande con coro y orquesta: voces e instrumentos que se entrelazan para afirmar una verdad esencial, que todos tienen un lugar en el tejido común.
La orquesta enseña a convivir en la diferencia; el coro recuerda que nadie puede cantar solo toda la melodía. Así, la inclusión deja de ser un término técnico y se convierte en una experiencia transformadora. Porque lo que cura no es el dinero ni la caridad, sino la pertenencia.
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