“El objetivo de la educación es enseñar a desear lo correcto.”— Platón. En medio de una época en que el algoritmo suplanta al maestro y el mercado dicta qué vale la pena aprender, es urgente detenernos y volver la mirada hacia una antigua sabiduría: la paideia (παιδεία).
No como una nostalgia arqueológica, sino como una necesidad ética y espiritual. La paideia —ese concepto griego que no puede traducirse con precisión— era mucho más que educación.
Era formación del alma, cultivo del carácter, elevación del espíritu a través del conocimiento, el arte, el cuerpo y la polis.
No se trataba de acumular datos, sino de formar ciudadanos completos, seres humanos íntegros, conscientes de su lugar en el mundo y responsables de su destino colectivo.
Y junto a ella, otra palabra olvidada en la hojarasca del utilitarismo moderno: areté, la excelencia. No la competitividad agresiva de la sociedad del rendimiento, sino la aspiración a la plenitud humana. Ser el mejor que uno mismo puede ser, según la medida del bien, de lo justo y de lo bello (kalós kai agathós).
Areté no era solo virtud moral; era también dominio de sí, armonía, propósito. ¿Cuánto de eso queda en nuestros programas de formación? ¿Hablamos hoy de formar para la virtud, de educar para la libertad interior y el servicio al bien común?
Quizás haya que construir una nueva paideia, moderna, reinventada. Una que recoja los hilos rotos de nuestras propias culturas originarias, pero que no tema dialogar con Platón, con Aristóteles, con la tragedia y la poesía, con la filosofía que una vez fundó la posibilidad misma de pensar lo humano.
Desde el umbral de este siglo convulso, rescatemos la palabra. Porque en la palabra habita el sentido. Y sin sentido, no hay educación posible. Solo domesticación, entrenamiento, consumo.
Tal vez no podamos refundar la polis. Pero sí podemos comenzar a sembrar, otra vez, la areté en las almas jóvenes. Y con ella, lentamente, renacer.
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