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La máquina sueña con nuestro destino (1 de 2)

Por Romina Aschpurwis Desde el umbral

Vivimos tiempos de delegación silenciosa. Entregamos las llaves de casa al vecino cuando viajamos, confiamos nuestra salud a especialistas que apenas conocemos, y ahora, sin apenas darnos cuenta, estamos empezando a entregar también la brújula de nuestros viajes a entidades que no tienen cuerpo, ni ojos, ni memoria emocional. Pero lo inquietante no es que nos ayuden a planificar. Lo inquietante es que empiezan a soñar por nosotros.

Según el informe de Phocuswright presentado a finales de 2025, más del 60% de las empresas del sector turístico están actualmente probando o escalando soluciones de «IA agente». La expresión, de una fealdad técnica reveladora, designa a sistemas que ya no se limitan a responder preguntas: ejecutan. Comparan precios, negocian alternativas, reservan plazas, procesan pagos. Todo sin intervención humana. El viajero, en este nuevo paradigma, deja de ser un navegante para convertirse en un mero emisor de órdenes.

La consultora IDC proyecta que para 2030, el 30% de las reservas turísticas mundiales serán realizadas directamente por agentes de inteligencia artificial. No hablamos de una tendencia marginal, sino de una transformación estructural del sector. Y no es especulación: eDreams ODIGEO ya ha desplegado sistemas autónomos capaces de gestionar el ciclo completo de una reserva, y más del 30% de su nuevo código ya es generado por IA. En el Foro TechYfuturo de FITUR 2026, Raúl Blanco Díaz, Chief AI Officer de Neobookings, describió con precisión clínica el nuevo ecosistema: «Enaveganusuario deja de navegar y empieza a preguntar, y la transacción tiende a cerrarse dentro del propio entorno conversacional, incluyendo pago y confirmación».

El viaje del futuro inmediato podría ocurrir enteramente dentro de una ventana de chat. Sin comparar pestañas, sin leer reseñas en diagonal, sin esa ansiedad que durante décadas hemos llamado «planificar». Los datos respaldan esta migración: un estudio conjunto de McKinsey & Company y Skift revela que más del 90% de los viajeros confía ya en la precisión de la información turística proporcionada por herramientas de inteligencia artificial.

Sin embargo, el mismo estudio arroja una cifra que invita a la reflexión: apenas un 2% permitiría hoy que una máquina tomase el control total para hacer o modificar reservas sin supervisión humana. Esa línea roja, ese exiguo 2%, dibuja el perímetro de nuestra resistencia. Por ahora. La promesa de la IA agente es tentadora en apariencia. Los asistentes generativos, según datos de la industria, han ahorrado a los usuarios 471.000 horas de planificación en los últimos meses, el equivalente a 537 años de existencia devuelta.

El argumento es seductor: ¿no preferiríamos recuperar ese tiempo para dedicarlo a lo verdaderamente importante, sea lo que cada cual considere? Pero conviene examinar el envase con cuidado. ¿Qué clase de tiempo nos devuelven estas herramientas? ¿El tiempo muerto de la espera, el tiempo aburrido de la comparativa mecánica? Posiblemente sí. Pero también nos sustraen, sin compensación explícita, el tiempo fértil de la indecisión, ese territorio ambiguo donde maduran los deseos. Planificar un viaje no es solo resolver un problema logístico: es ensayar mentalmente la experiencia, construir un relato anticipado, habituarse a la felicidad que viene.

Es, en definitiva, soñar el destino. Y ahí radica la cesión más profunda: cuando la máquina sueña por nosotros, dejamos de ser viajeros para convertirnos en meros consumidores de destinos soñados por otros. Como señaló acertadamente Mirko Lalli, CEO de The Data Appeal Company, en el mismo foro: «Nadie viaja por la logística perfecta: se viaja por emociones, para construir recuerdos, para vivir experiencias auténticas». La inteligencia artificial puede optimizar procesos, pero difícilmente podrá suplir esa capa irreductible de humanidad que busca, en el desplazamiento, algo más que eficiencia.

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