La inteligencia artificial (IA) ha venido dando indicios desde mediados de la segunda mitad del siglo XX; sin embargo, es en el primer cuarto del siglo XXI que ha alcanzado la cúspide de su máximo esplendor, creando así una estela interminable que, por un lado, mezcla la duda, el miedo y la resistencia, y, por otro, las expectativas y las oportunidades.
Por ende, la IA ha ido llegando a todos los contextos del quehacer y saber humanos. El filósofo y catedrático dominicano, Dr. Andrés Merejo (2023), en una serie de artículos publicados y relacionados con el tema en cuestión, reflexionó lo siguiente: «La inteligencia artificial (IA) en el cibermundo es quizá una de las tecnologías más disruptivas de nuestros tiempos cibernéticos, con el potencial de cambiar todos los ámbitos de la vida humana, desde la cibercultura, la salud y la educación hasta la economía, la política y la ciberpolítica.
Sin embargo, también plantea importantes desafíos éticos, sociales y culturales que requieren una reflexión compleja y crítica». Ante este auge ‘casi imprescindible’, ¿cómo podríamos definirla? Según el Diccionario de la Real Academia Española, la IA, a priori, vinculada intrínsecamente con la informática, «es una disciplina científica que se ocupa de crear programas informáticos que ejecutan operaciones comparables a las que realiza la mente humana, como el aprendizaje o el razonamiento lógico».
Frente a lo anterior, la IA obedece a intereses mayores de grupos élite que, mediante inversiones millonarias, han entrelazado esfuerzos y han creado alianzas estratégicas con el propósito de optimizar el tiempo, mejorar el mercado laboral y de producción, así como la creatividad y la seguridad nacional de las principales potencias del mundo, entre otros.
El docente ni la docencia deben estar ajenos a esta nueva realidad social. Las ‘ayas’ y ‘ayos’ del siglo XXI deben ir a la par con la IA, como aliada, y no en contra de la tendencia. Por ello, se convierte en un desafío. Por su parte, los estudiantes sí se han inclinado cada vez más por su uso.
Obviamente, para los discentes, al ser nativos digitales, es como nadar en sus propias aguas… En suma, el gran reto del pedagogo contemporáneo es asumir el uso ético y responsable de la IA para mejorar la labor educativa.
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