Por: Paul Beswick
Las tasas de interés que cobran los bancos a los tarjetahabientes en muchos países de América Latina se mantienen en niveles elevados. En RD entre 3.75-5% mensual, lo que resulta en un costo muy oneroso.
En adición, los establecimientos comerciales cobran entre un 5 y 8% lo que significa que el consumidor criollo termina pagando un costo muy alto por solo hacer uso de una forma de pago segura y moderna.
Esta situación plantea una pregunta legítima: ¿Es conveniente y viable analizar este fenómeno para reducir el porcentaje de interés aplicado a las tarjetas de crédito?
Reducir las tasas de interés de las tarjetas de crédito debe analizarse desde varios ángulos. No implica eliminar la rentabilidad bancaria, sino evaluar los riesgos para ajustarla a un nivel más razonable y realista con la situación economica del pais, la competencia y la evolución tecnológica del sistema financiero.
La medida puede impulsarse mediante mayor competencia, regulación previsora inteligente e incentivos compensatorios para la banca.
Una reducción de tasas aliviaría la carga financiera de millones de hogares dominicanos que utilizan la tarjeta de crédito como herramienta de liquidez, no como un lujo. Menores intereses significan menor sobreendeudamiento, más capacidad de consumo responsable y mayor estabilidad financiera familiar.
Tasas más bajas tienden a reducir la morosidad. Cuando el costo del crédito es excesivo, el incumplimiento aumenta. Un crédito más accesible mejora la recuperación y la calidad de la cartera, lo cual beneficia también a los bancos.
Esta medida puede dinamizar la economía. El crédito al consumo, bien gestionado, impulsa la demanda, apoya al comercio formal y fortalece la bancarización, especialmente en segmentos de ingresos medios y bajos.
Finalmente, desde otras perspectiva sistémica, tasas más justas mejoran la percepción social del sistema bancario y fortalecen la confianza, un activo clave para la estabilidad socio-económica.
Ahora bien. Esta medida no debe festinarse porque existen riesgos. Los bancos sostienen que las tarjetas de crédito son productos de alto riesgo y que las tasas elevadas compensan pérdidas por incumplimiento. Una reducción mal diseñada podría llevar a un racionamiento del crédito o a mayores requisitos para acceder a tarjetas. Una gestión de cobro mas eficiente podría contribuir a minimizar el escollo.
Otro punto crítico es el impacto en la rentabilidad bancaria. En economías donde el margen financiero depende en gran medida del crédito al consumo, una baja abrupta de tasas podría afectar las utilidades y, en casos extremos, la solvencia de algunas entidades.
Asimismo, existe el riesgo de incentivar un mayor uso del crédito sin educación financiera adecuada, lo que podría traducirse en sobreendeudamiento si no se acompaña de políticas restrictivas complementarias.
Bajar las tasas de interés de las tarjetas de crédito es una medida deseable, pero debe ser bien pensada, gradual, técnica y acompañada de mayor competencia, educación financiera y segmentación por perfil de riesgo. No se trata de castigar a la banca, sino de construir un sistema de crédito más equilibrado, sostenible y socialmente eficiente. Un sistema financiero sano no es el que cobra más, sino el que presta en mejores condiciones y lo recupera.
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