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El comportamiento político que la sociedad debe rechazar

Por Paul Beswick

La República Dominicana ha logrado avances macroeconómicos importantes en las últimas décadas, pero aún enfrenta una brecha persistente entre crecimiento, bienestar social y cumplimiento de la ley. Para acelerar el proceso nacional de desarrollo dentro del marco de la democracia y el capitalismo, el país necesita un cambio profundo en el modelo de comportamiento de su clase política.

Este cambio debe orientarse a priorizar la transparencia, la reducción de la pobreza, la mejora del estado de bienestar y la institucionalización efectiva del Estado. Es imprescindible fortalecer la ética pública y la rendición de cuentas.

La política dominicana sigue marcada por prácticas clientelares, patrimonialismo y escasa transparencia. Se requiere un régimen real de consecuencias: fiscalías independientes, tribunales especializados en corrupción y el cumplimiento estricto de la Ley de Compras y Contrataciones, la Ley de Partidos y las normas sobre financiamiento político.

Sin sanciones creíbles, no habrá incentivos para un comportamiento político distinto. Debe reformarse el sistema de incentivos dentro de los partidos. Hoy, el ascenso político suele depender más de lealtades personales y recursos económicos que de mérito, formación técnica o resultados de gestión.

La profesionalización de la política — con escuelas de gobierno, concursos internos, evaluaciones de desempeño y primarias transparentes— permitiría que surjan liderazgos más competentes, orientados al bien común, y que ocupen posiciones clave. La planificación estratégica debe recuperar centralidad.

El país cuenta con la Estrategia Nacional de Desarrollo 2030, pero su ejecución es fragmentada y vulnerable al ciclo electoral. Es necesario blindar las políticas públicas prioritarias —educación, salud, seguridad social, infraestructura productiva y primera infancia— mediante pactos tripartitos y, sobre todo, reglas fiscales que limiten el uso político del presupuesto.

La descentralización responsable puede acercar el desarrollo a los territorios. Municipios y distritos municipales necesitan mayor autonomía financiera, capacidades técnicas y controles, para que la inversión pública responda a necesidades reales y no a cálculos electorales. Se debe promover una cultura política ciudadana más exigente. La sociedad civil, los medios y las universidades deben fiscalizar, evaluar y visibilizar el desempeño de los funcionarios, premiando buenas prácticas y castigando, pública y electoralmente, la ineficiencia y la corrupción.

Sin presión social sostenida, las reformas institucionales pierden fuerza. El sector privado debe asumir un rol de colaboración más activo para agilizar el adecentamiento político, evitando respaldar candidaturas de personas que han demostrado usar la política como un trampolín socioeconómico, modelando una forma de servicio público clientelar, incompetente y alejada del interés nacional.

Cambiar el comportamiento político no es solo un problema moral; es un problema de diseño institucional. Si la República Dominicana logra poner barreras a las inconductas políticas y alinear reglas, sanciones y recompensas con los objetivos de desarrollo, podrá transformar su crecimiento en bienestar real, reducir la pobreza y consolidar una institucionalidad democrática ética, moderna y funcional.

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