“Pero hágase todo decentemente y con orden.” 1ra Corintios 14:40 El Señor, en su palabra, nos manda a ser ordenados, cosa que la mayoría de nosotros no acata. En nuestro país, es común ver la falta de este valor en las instituciones públicas, en el tránsito, en las escuelas, hospitales, iglesias… El orden es la forma de estar colocadas las cosas, personas o hechos en un lugar, o de sucederse en el tiempo según un determinado criterio.
En nuestras vidas, hemos conocido personas desordenadas que no saben colocar sus prioridades adecuadamente y terminan provocando un desastre en su vida y en la de los demás. Adquirir el valor del orden va mucho más allá de acomodar cosas y objetos o de poner todas las cosas de nuestra vida en su lugar. El orden interior se refleja en todas nuestras acciones.
Si recreamos nuestra imaginación en proyectos un tanto inalcanzables, nos entretenemos pensando qué haremos el próximo fin de semana y desviamos nuestra mente en diferentes aspectos, difícilmente nos concentraremos en las cosas prioritarias que debemos hacer y perderemos un tiempo valioso. En este ambiente ficticio está la pereza, por lo que no nos debe extrañar que nos cueste “mucho trabajo” terminar a tiempo cualquier actividad.
La falta de orden se presenta muchas veces en algunas personas que no tienen el interés o la conciencia de este valor porque todo lo tienen resuelto o tienen a su alrededor personas que se ocupan de todas sus cosas para crearles un ambiente agradable. El valor del orden puede cambiar significativamente nuestras vidas, pero aún más importante, la vida de quienes nos rodean.
Así que tratemos de practicar este valor en nuestras casas, trabajo, estudios, en fin, en todos los aspectos de nuestra vida. Tratemos de evolucionar, no nos quedemos estancados en el desorden que nuestra sociedad presenta. ¡Hagamos la diferencia! ¡Dios les bendiga!
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