Punta Cana. El Ministerio de Salud Pública y el Servicio Nacional de Salud, elaboran y administran presupuestos para mantener vivo el casi inexistente e ineficiente sistema de atención primaria de salud, el cual debería ser la puerta de entrada de todos los usuarios; pero que solo utilizan los millones de los dominicanos más pobres porque no cuentan con cobertura médica privada y no les queda de otra.
El sector privado, permanece, en su generalidad, en el letargo, ajeno a esta tragedia nacional; salvo contadas excepciones luminosas como los casos de Grupo Puntacana y Central Romana, en la zona este del país, que han creado clínicas de atención primaria para beneficio de sus comunidades periféricas.
En distintas regiones del país, las iniciativas público-privada, que pudieran aportar soluciones a este grave problema brillan por su ausencia. En algún rincón de la República Dominicana, mientras usted lee estas líneas, alguien está muriendo de algo evitable. No muere por falta de ciencia ni de médicos disponibles.
Muere porque en su comunidad no existe un centro de atención primaria con las condiciones y equipamiento mínimos necesarios. Muere porque en este país la primera puerta del sistema de salud está en estado vergonzoso o lleva años cerrada —y nadie con poder ha tenido la decencia de repararla y abrirla. Al Gobierno dominicano hay que decírselo sin rodeos: destinar menos del 3% del PIB a salud —cuando la OPS exige el 6%— no es una limita-ción económica.
Es una decisión po-lítica inmoral. Una decisión que condena a los más pobres a hospitales colapsados, a diagnósticos tardíos, a morir de hipertensión, diabetes o cáncer detectables en una clínica de barrio.
Mientras las pocas Unidades de Atención Primaria se deterioran, se si-guen dilapidando recursos del erario, de varias e incontrolables maneras: desfalcos, botellas, publicidad, jeepetas nuevas, equipamientos innecesarios sarios de oficinas ejecutivas, etc. etc.
Eso no es negligencia. Es complicidad y para que estemos claros, ha ocurrido en todos los gobiernos nacionales de este primer cuarto de siglo. «Prevenir cuesta cinco veces menos que curar. Cada peso no invertido hoy en atención primaria se convierte en diez pesos en hospitalizaciones mañana —y, posiblemente, en una vida me-nos para la familia dominicana.
» La solución es conocida: mapeo de brechas, construcción urgente de centros primarios, retención de médicos de familia, incentivos fiscales y acuerdos de colaboración intersectorial. Lo que sobra son contratos inflados.
Lo que falta es amor por el país y volun-tad política. El pueblo dominicano no pide privilegios. Pide una puerta abierta cuando está enfermo. Al liderazgo nacional (Gobierno, sector privado y sociedad civil): la historia está registrando esta desvergüenza.
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