- Publicidad -

Desaparecidos en RD: familias viven un dolor sin respuestas

Por Patty De La Cruz

PUNTA CANA. Desaparecer sin dejar rastro es una de las experiencias más dolorosas para los familiares de personas que un día salieron de sus hogares y nunca regresaron. Ese vacío, mezcla de desesperación y ansiedad, lo sienten decenas de dominicanos que desconocen el paradero de sus seres queridos. Muchos de estos casos permanecen sin respuestas y sin avances significativos en las investigaciones oficiales. Según reportes periodísticos, en los últimos años el país ha registrado un número preocupante de desapariciones.

Entre 2018 y 2024 se reportaron más de 1,600 personas desaparecidas, con Santiago encabezando la lista con 724 casos, seguido por Santo Domingo con 476. Entre 2017 y 2022, se denunciaron 1,183 desapariciones, de las cuales 443 siguen sin resolverse, lo que representa un 37% del total. La falta de un registro centralizado dificulta conocer con exactitud la magnitud de los casos pendientes.

En lo que va de 2025, la Asociación Dominicana de Familiares de Desaparecidos (ASODOFADE) ha recibido reportes de aproximadamente 54 personas desaparecidas. De ellas, 14 fueron encontradas sin vida, una proporción alarmante, según explicó su presidenta, Evelyn Abreu.

SIN RASTROS

Los expedientes abiertos son extensos y dolorosos. A continuación, algunos de los casos que maneja Asodofade y cuyos familiares siguen esperando respuestas:

• Nuris Matos, desaparecida el 16 de julio de 2019 en Villa Corazón de Jesús, Azua. Su hija, Lisette Luciano, asegura: “Salió a comprar víveres para la cena y no volvió. Lo que sabemos ahora es lo mismo que hace cinco años. No hemos recibido ninguna respuesta concreta”. La última actualización oficial fue hace siete meses, prometida por teléfono, pero nunca cumplida.

• Luis Ángel González Méndez, presuntamente secuestrado el 6 de febrero de 2022 en Barahona mientras jugaba con sus hermanos.

Su madre continúa reclamando explicaciones casi tres años después, sin avances visibles Kendry Alcántara, desaparecido el 2 de abril de 2022 en San Juan de la Maguana. Su madre, Pamela García, recuerda: “Estaba maquillando a una clienta y cuando fui a buscarlo, ya no estaba”. Desde entonces, vive marcada por la angustia y la ausencia de resultados en la investigación.

• Manuel Antonio Marte Rodríguez, estudiante desaparecido el 16 de septiembre de 2022 cuando iba camino a la universidad. Su caso incluye la hipótesis de un posible rapto planificado.

• Jefferson Peña, desaparecido el 5 de septiembre de 2023. Familiares y amigos han buscado en hospitales, destacamentos y oficinas forenses sin éxito. A un año de su desaparición, realizaron protestas frente al Palacio Nacional.

• Juan Américo Sosa, de 71 años, residente en Trujillo Alto, Puerto Rico, desapareció el 29 de enero de 2024 tras un viaje a República Dominicana. Según su sobrino, pidió un servicio de Uber que se negó a trasladarlo por la cantidad de maletas y el bajo costo. Después subió a otro vehículo y nunca más se supo de él.

• Ana Iris Román, de 54 años, desapareció el 4 de julio de 2024 mientras visitaba a su padre. Un mes después, el hombre falleció de un paro cardíaco, que la familia atribuye a la angustia por la desaparición.

Perros entrenados detectaron rastros de ella en una zona deshabitada, lo que incrementa las sospechas.

Otros casos incluyen el de José Vittini, cuyo vehículo fue hallado incinerado, así como los de Leandro Antonio Durán, Alcibíades Portes, Erick Daniel Cordero, Joan Genao, José Antonio Moreta Torres, Marino Agramonte, Arianny Alcántara, Armando Rodríguez, Eury Yariel Sepúlveda y Modesto Luciano, entre otros. El reclamo de justicia se enfrenta a múltiples obstáculos: falta de recursos, trámites burocráticos y una aparente apatía institucional.

Tanto ASODOFADE como los familiares exigen la implementación de medidas efectivas para la búsqueda, localización y protección de las personas desaparecidas.

IMPACTO EMOCIONAL

El drama no solo se mide en cifras. Deja profundas huellas en quienes esperan noticias. Según la psicóloga clínica Linandra Javier, especialista en intervención en crisis y manejo de duelo, la desaparición de un ser querido coloca a la familia en un “limbo emocional”.

“No existe un cierre, un proceso ritual de despedida ni respuestas, y esa ausencia se convierte en una herida abierta permanentemente”, explicó. Las secuelas emocionales varían, pero suelen incluir ansiedad persistente, depresión e incluso sentimientos de culpa infundados. Los familiares se cuestionan qué más pudieron hacer, se reprochan no haber estado en el lugar y momento adecuados y cargan con una angustia que pocas veces encuentra alivio. Javier señala que el duelo por desaparición es distinto al de la muerte:

“La muerte, aunque devastadora, ofrece una certeza. Con la desaparición no hay despedida ni rituales, no hay un cuerpo que cerrar simbólicamente. El ‘no saber’ se convierte en un tormento. Por eso, el proceso de aceptación suele ser más prolongado y confuso que un duelo tradicional”. Además, la dinámica familiar suele transformarse: aparecen discusiones, rupturas, silencios dolorosos o, en algunos casos, una mayor unión en medio de la crisis. “Cada miembro afronta la ausencia de forma distinta, pero en muchos casos esa diversidad también los une en solidaridad”, agregó Javier.

Loading

Descubre más desde eltiempo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo