Punta Cana. El desierto de Atacama, en el norte de Chile, comienza a cubrirse de flores violetas, amarillas y blancas tras las intensas lluvias del invierno. Desde principios de septiembre, especies como añañucas, patas de guanaco, suspiros y huilles han aparecido en zonas cercanas a Copiapó y la provincia de Huasco. La Corporación Nacional Forestal de Chile (Conaf) estima que la floración podría extenderse por hasta 15.000 kilómetros cuadrados, lo que la convertiría en una de las más importantes de las últimas décadas.
El fenómeno ocurre porque el desierto conserva semillas, bulbos y raíces de más de 200 especies vegetales que pueden permanecer inactivas durante años. Según Conaf, las precipitaciones superiores a los 15 milímetros pueden activar su crecimiento. Durante el último invierno, algunas zonas registraron más de 180 milímetros de lluvia, mientras que en Vallenar se reportaron más de 160 milímetros en una semana de julio. Si las condiciones meteorológicas se mantienen favorables, la floración alcanzaría su punto máximo durante la segunda mitad de octubre y podría prolongarse hasta noviembre en la costa.
El episodio coincide con la influencia de El Niño, un fenómeno climático relacionado con el calentamiento de las aguas del Pacífico ecuatorial, que puede modificar los patrones de lluvia. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha advertido sobre la posibilidad de que alcance una intensidad muy fuerte entre 2026 y 2027. Especialistas chilenos comparan esta temporada con la de 1997, cuando se produjo una de las floraciones más destacadas del desierto.
Además de transformar el paisaje, la aparición de flores favorece temporalmente a numerosos animales, entre ellos insectos polinizadores, aves, reptiles y pequeños mamíferos. Sin embargo, el ecosistema es frágil y puede sufrir daños por la circulación de vehículos fuera de los caminos autorizados. Conaf recomienda respetar los senderos, no retirar flores ni semillas y evitar el ingreso de animales de compañía para preservar las condiciones que permiten futuras floraciones.
Las lluvias también dejaron consecuencias negativas en Chile. El temporal de julio provocó 10 muertes, cuatro desapariciones, más de 104.000 personas aisladas y daños en más de 19.000 viviendas, según el balance oficial del 21 de julio. A escala regional, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) advierte que un episodio extremo de El Niño podría reducir la actividad económica y aumentar la pobreza, mientras algunas zonas de Centroamérica, Colombia, Venezuela y el Caribe afrontan riesgos elevados de sequía.
El calentamiento del Pacífico también amenaza la pesca frente a las costas de Perú y Chile, ya que reduce el aporte de aguas frías ricas en nutrientes. Durante El Niño de 1997-1998, las capturas pesqueras de la región disminuyeron cerca de un 27 %. Cuando termine la floración actual, las plantas dejarán nuevas semillas bajo tierra a la espera de otras lluvias. El fenómeno demuestra la capacidad de adaptación de la naturaleza, pero también evidencia que las alteraciones climáticas pueden beneficiar temporalmente a algunos ecosistemas y causar graves daños en otras regiones.
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