EL SEIBO. La historia de la capilla y hoy parroquia Cristo Rey del Universo, en la comunidad de San Francisco de Vicentillo, provincia El Seibo, está marcada por la fe, el sacrificio y el amor de un pueblo que soñó durante muchos años con tener un lugar digno para encontrarse con Dios. Más que una construcción de bloques, cemento y varilla, este templo representa la esperanza espiritual de toda una comunidad campesina que aprendió a caminar unida bajo la mirada de Cristo. Los habitantes más antiguos recuerdan que en los años sesenta, aproximadamente entre 1960 y 1965, comenzó a levantarse la primera capilla en San Francisco de Vicentillo.

En aquel tiempo, la comunidad era pequeña y humilde, pero estaba llena de hombres y mujeres creyentes que deseaban escuchar la Palabra de Dios y celebrar su fe católica sin tener que trasladarse largas distancias. Según cuentan los comunitarios, el primero que mostró interés y motivación para impulsar la construcción de aquellas capillas rurales fue el padre Gerardón, perteneciente a la diócesis de Higüey. Su entrega pastoral sembró la semilla de lo que hoy florece como una comunidad viva y llena de espiritualidad. Fue levantada poco a poco con el esfuerzo de todos. Los materiales utilizados eran sencillos: blocks, arena, cemento, varilla y madera.
Cada saco de cemento cargado, cada mezcla preparada y cada pared levantada llevaban el sudor de hombres y mujeres que trabajaban de manera voluntaria. Muchos aportaban dinero; otros ofrecían sus manos y su tiempo. Entre las personas recordadas con cariño aparece el nombre de Catalino Vilorio, un hombre que permaneció f irme en pie de lucha durante la construcción, trabajando por amor a la comunidad y a la Iglesia. Como él, muchos otros habitantes entregaron su esfuerzo sin esperar recompensa, movidos únicamente por la fe y el deseo de ver realizado aquel sueño colectivo.
SACRIFICIO Y UNIDAD
La construcción de la iglesia Cristo Rey del Universo no respondió simplemente a un deseo arquitectónico o administrativo. Nació de una necesidad espiritual profundamente humana. El ser humano, por naturaleza, busca un lugar sagrado que lo acerque a Dios y le permita encontrar paz en medio de las dificultades de la vida. Para los creyentes de Vicentillo, la iglesia se convirtió en la Casa de Dios, el lugar donde habita la presencia de Cristo en la Eucaristía. Allí encontraron refugio y silencio en medio del ruido cotidiano. Allí aprendieron a confiar sus alegrías, sus dolores y sus esperanzas al Señor. En la actualidad, el templo principal cuenta con un salón parroquial y la comunidad continúa luchando con esperanza para construir la futura casa curial.

Cada avance representa un paso más en el crecimiento de la obra de Dios en Vicentillo. La inauguración de la iglesia Cristo Rey del Universo en el año 2024 marcó un momento histórico para San Francisco de Vicentillo. La celebración contó con la presencia de Monseñor Castro Marte, obispo de la diócesis de La Altagracia, acompañado por el padre Mario Martínez quien se convirtió en una pieza fundamental para hacer realidad este sueño.
Con humildad, entrega y una profunda fe en Jesucristo, caminó junto a la comunidad pidiendo ayuda, buscando recursos y tocando puertas donde fuera necesario para levantar la obra de Dios. Su lucha no estuvo motivada por intereses personales, sino por el deseo sincero de ver al pueblo unido en un lugar digno para la oración y la celebración de la fe. Con perseverancia enfrentó dificultades, animó a los comunitarios y mantuvo viva la esperanza hasta ver inaugurado el templo en el año 2024, dejando un ejemplo de servicio pastoral y amor cristiano dedicado completamente a la gloria de Jesucristo. Aquella inauguración no fue solamente la apertura de un edificio religioso. Fue la consagración del esfuerzo de generaciones enteras. Fue la confirmación de que la fe, cuando se vive en comunidad, tiene la fuerza suficiente para transformar pueblos enteros.
ESPERANZA Y ENCUENTRO

La iglesia presenta una estructura sencilla y acogedora. Desde la carretera se observa su fachada color crema y sus dos torres coronadas por cruces blancas que se levantan hacia el cielo como símbolo de esperanza y redención. El ambiente campestre, rodeado de árboles y vegetación, transmite serenidad y recogimiento espiritual. En el interior del templo sobresale una gran pared triangular revestida de piedra clara que da solemnidad al santuario. En el centro se encuentra el altar cubierto con un mantel blanco y adornado con flores de vivos colores. Sobre la pared se levanta el crucifijo de madera con la imagen de Jesucristo iluminada suavemente desde arriba, recordando a cada visitante el sacrificio y el amor de Cristo por la humanidad. Hoy, las campanas de esta parroquia continúan llamando a niños, jóvenes y adultos a encontrarse con Cristo. Y mientras el pueblo siga manteniendo viva su fe, la historia de esta iglesia seguirá creciendo como un testimonio de esperanza para las futuras generaciones.
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