¿Quién tiene la culpa?
Hace poco leí la historia de un adolescente de apenas 15 años convertido en un criminal temido y muerto tras una persecución policial. El padrastro afirma que el menor no tenía necesidad de robar, porque vivía en condiciones cómodas. Sin embargo, los registros policiales muestran un historial de delitos graves, incluidos homicidios. ¿Cómo llegó hasta ahí? Culpar a la familia, a la escuela y a las autoridades, parece una respuesta fácil.
Pero lo cierto es que la responsabilidad se diluye entre muchos actores. Vivimos en una sociedad que, a pesar de tener acceso a la educación, también exhibe profundas fallas en la formación de valores y en el acompañamiento efectivo a quienes se desvían del camino correcto. Nadie se convierte en criminal de la noche a la mañana.
Hay señales que se ignoran, entornos normalizados y un sistema que muchas veces no interviene a tiempo o no le interesa, porque tiene otras prioridades. El poder de atracción del dinero fácil, la imposición del respeto violento en las calles o la falta de modelos positivos terminan ganando la batalla. Culpabilizar sin entender las causas es inútil.
Lo verdaderamente necesario es reflexionar en qué estamos fallando para que jóvenes y adolescentes vean en el crimen una salida y mueran habiendo vivido poco o nada. Este tipo de tragedias también obliga a mirar más allá del entorno inmediato.
¿Qué papel juegan los medios de comunicación, redes sociales y la cultura del dinero fácil en la construcción de referentes para nuestros adolescentes? Cuando el éxito se mide por lo que se tiene, muchos jóvenes prefieren el camino corto, aunque esté lleno de violencia y muerte. Y si a eso sumamos la débil presencia estatal en los barrios más marginados, entonces el resultado es predecible.
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