¿Vale la pena vivir así?
Corremos. Siempre corremos. Desde que suena el despertador hasta que cerramos los ojos por la noche, nuestra vida transcurre a toda velocidad.
Vivimos en una constante carrera contra el reloj, como si llegar primero a alguna parte (a veces no sabemos ni a cuál) fuera garantía de triunfo o de sentido. Pero, ¿realmente vale la pena vivir de prisa? Pienso que no. Mientras aceleramos el paso, el tiempo, ese que no se compra ni se recupera, avanza a su propio ritmo.
Inmutable. Indiferente. Y cuando nos damos cuenta, ya han pasado los mejores años, esos en los que corríamos detrás de metas, muchas veces impuestas, sin detenernos a mirar el paisaje, a besar a nuestras parejas e hijos; a escuchar al amigo disfrutando un café, un vino.
Vivimos con la agenda llena, como si estar permanentemente en movimiento nos hiciera sentir útiles, importantes, vivos. Nos falta pausa. Nos falta presencia. Nos falta silencio para escuchar lo que sí importa. ¿Vale la pena vivir de prisa si no tenemos tiempo para los padres y para el amor? ¿Vale la pena correr tanto, si aquello que no se mide en dinero ni fama se queda esperándonos al final del camino?
La cultura de la inmediatez nos vende la idea de que quien más hace, quien más produce, quien más se muestra, es quien gana. Pero, ¿ganamos en qué? ¿Y a costa de qué? Vivir con intensidad no es lo mismo que vivir con prisa.
La intensidad se saborea; la prisa se traga todo. Una vida intensa es aquella en la que se agradece, se sufre, se ríe y se aprende. Una vida acelerada es la que se nos va sin darnos cuenta, en la que los días pasan como hojas al viento, sin dejar huella.
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