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Sin Tapujos

Por Oscar Quezada Sin Tapujos

Corazones colapsados

La madrugada del 8 de abril dejó de ser una más. Desde aquel instante, hay un silencio raro en el aire, una extraña sensación de vacío y de un dolor inexpresable. El Jet Set, más que un lugar, era un monumento a la diversión y el entretenimiento. Y verlo colapsar nos dice que incluso lo aparentemente eterno, también es frágil, como la vida misma.

Yo no estuve allí, pero me duele como si hubiese estado. No por nostalgia, sino porque en cada imagen que vi —esas manos temblorosas, esos ojos desesperados, esas sirenas rompiendo la noche— encontré una parte mía. Vi las imágenes con los ojos nublados, como si se tratara de una pesadilla. Pero era real. Igualmente real fue el coraje de quienes, sin pensarlo dos veces, se lanzaron al rescate: socorristas, militares, paramédicos, policías y ciudadanos comunes.

El país entero se recogió en silencio. Las redes sociales dejaron la risa fácil para vestirse de luto. Y en cada casa, cada conversación, había un eco de tristeza, como si la pérdida fuera nuestra, aunque no conociéramos a ninguna de las víctimas. Hay algo profundamente injusto e incomprensible en morir cuando se sale a vivir. Nadie nunca espera que una noche de disfrute termine en desgracia. Por eso, este duelo no se mide en números, sino en lo que nos quita.

Nos quita abrazos, sonrisas, gente que ya no estarán, canciones que ya no suenan igual y una normalidad que no regresará durante años. Y, sin embargo, algo permanece. Porque cuando una tragedia nos toca tan hondo, más que cenizas deja preguntas. ¿Estamos cuidando lo que debe ser cuidado? ¿Nos estamos mirando de verdad como sociedad? El dolor, si no transforma, es solo sufrimiento. Esta tragedia debe ensañarnos a construir y a ver la vida desde otras perspectivas.

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