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Magnanimidad

Por Vianela Blanco Con los ojos abiertos

Días atrás, mientras buscaba el material que iba a compartir con ustedes para esta semana, me topé con el valor de la magnanimidad. Probablemente muchos de ustedes no habían escuchado sobre este principio moral, pero seguro que usted conoce o ha conocido personas que lo practican, y, en el mejor de los casos, incluso a usted mismo lo adorna esta virtud pero no sabía que se llamaba así; y si no la tiene, debería cultivarla.

La magnanimidad es una disposición de dar más de lo que se considera normal, de entregarse hasta las últimas consecuencias. Es un excelente medio para incentivar nuestro espíritu de servicio y desarrollar nuestra generosidad. Podemos manifestar el valor de la magnanimidad a través de múltiples facetas de nuestra vida, tales como el conocimiento, el dinero, la posición y la influencia.

Cuando tenemos como propósito serle útil a los demás, debemos aprovechar todas las coyunturas y todos los recursos para tales fines. Es fácil reconocer a las personas magnánimas por su forma de accionar. Son amables y siempre están dispuestas a ayudar al prójimo; estos son sus rasgos característicos.

En Marcos 10:45 podemos ver a Jesús ejercitando el valor de la magnanimidad o don de servicio: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”. Esto es lo que Dios quiere de nosotros y es la mejor forma de demostrar el amor a los demás. Todos estamos llamados a ayudar, pero de manera especial los cristianos, sin importar la denominación a la que pertenezcamos.

La magnanimidad debe ser un valor vital en nosotros y debemos practicarlo con todos nuestros semejantes. Finalizo compartiendo con ustedes una porción de una meditación que es una súplica o ruego que hizo años atrás un médico, la cual podemos adaptar en nuestras vidas, no importando la profesión, oficio o actividad que realicemos: “Señor, llena mi alma de amor por tus criaturas.

No permitas que la sed de lucro y la ansiedad de gloria influyan en el ejercicio de mi profesión, pues, como enemigos de la verdad y del amor al prójimo, fácilmente podrían alucinarme y apartarme del noble deber de hacer el bien a tus hijos. Sostén las fuerzas de mi corazón para que siempre me encuentre presto a servir a ricos y pobres, amigos y enemigos, a buenos y malos. Hazme siempre moderado, insaciable solamente en el amor. Aleja de mí la pretensión de saberlo y de poderlo todo”. (Moisés Ben Maimón)

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