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Hay un momento extraño en junio

Por Romina Aschpurwis Desde el umbral

Las mochilas dejan de pesar. Los cuadernos se cierran. Los timbres escolares se apagan. Los niños salen a la luz con la alegría de quien recupera un territorio perdido. Comienzan las vacaciones. Y, sin embargo, no todos los veranos son iguales. Mientras algunos llenan sus días de campamentos, deportes, música, viajes o lecturas, otros quedan suspendidos en una especie de intemperie silenciosa: horas interminables, calles vacías, pantallas encendidas durante demasiado tiempo, adultos absorbidos por sus ocupaciones y conversaciones que nunca llegan a ocurrir.

La escuela cierra sus puertas y, con ella, desaparece temporalmente una de las redes de protección más importantes que tiene una sociedad. Porque la escuela no solo enseña matemáticas o gramática. También observa, escucha, detecta cambios, descubre tristezas, percibe silencios y protege. Cuando las aulas quedan vacías, miles de niños se vuelven más vulnerables a riesgos que rara vez aparecen en las fotografías del verano. El abuso infantil no comienza con un crimen. Comienza con una ausencia. La ausencia de una mirada atenta. La falta de tiempo.

La ausencia de una comunidad que asuma la responsabilidad de cuidar a sus niños. Las estadísticas suelen registrar los casos denunciados, pero existe otra cifra imposible de medir: la de aquellos niños que atraviesan el verano sintiéndose solos, invisibles o desprotegidos. Y esa realidad debería preocuparnos. Porque la infancia es un territorio delicado. Basta una palabra para iluminarla. Basta una herida para oscurecerla. Por eso, las vacaciones representan también una oportunidad extraordinaria: la oportunidad de llenar los días de experiencias que fortalezcan la confianza, la autoestima y el sentido de pertenencia.

La música. La danza. El deporte. La lectura. El arte. El juego. No son lujos. Son refugios. Son espacios donde los niños descubren que tienen una voz y que esa voz merece ser escuchada. Cada coro juvenil que ensaya, cada balón que rueda sobre una cancha, cada pincel que descubre un color y cada instrumento que encuentra unas manos pequeñas son formas de protección. Son formas de esperanza.

Quizás el gran desafío de este verano no sea entretener a nuestros niños. Quizás sea acompañarlos. Hay que recordar que una comunidad se mide por la manera en que cuida a quienes todavía están creciendo. Porque detrás de cada niño existe una pregunta silenciosa. La misma pregunta de siempre: ¿Hay alguien ahí? Que nuestra respuesta sea sí. No solamente en septiembre, cuando regresen las clases. También ahora. También durante el verano. Especialmente durante el verano.

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