Hace poco, por simple curiosidad, me dediqué a revisar periódicos dominicanos de las décadas de los ochenta y noventa. No buscaba nada en particular. Quería observar cómo era el país del que tanto hablan quienes aseguran que antes todo era mejor.
Sin embargo, lo que encontré fue mucho más inquietante. Los titulares parecían escritos para la actualidad: apagones, escasez de agua potable, auge del consumo de drogas, calles deterioradas, desempleo, aumento del costo de la vida y reclamos ciudadanos por servicios públicos deficientes.
Cambiaban las fechas, nombres de funcionarios y fotografías, pero las preocupaciones eran prácticamente las mismas.
Da la impresión de que la República Dominicana avanza, pero arrastra una larga lista de asuntos pendientes. La clase política tiene una responsabilidad ineludible en esta realidad.
Los problemas son heredados, ciertamente, pero también son administrados. Y cuando pasan 40 o 50 años sin respuestas efectivas, ya no se puede hablar únicamente de dificultades estructurales, sino también de falta de continuidad, visión limitada y prioridades equivocadas.
Lo preocupante es que la sociedad parece haberse acostumbrado a convivir con esta realidad permanente. Los apagones son noticia cuando empeoran, no porque existan. La escasez de agua genera protestas momentáneas hasta que otras crisis generan nuevos titulares.
Los baches se reparan durante campañas electorales para reaparecer meses después. Todo parece formar parte de un ciclo repetitivo que se reactiva una y otra vez.
Quizás la lección que dejan esos viejos titulares es que el tiempo, por sí solo, no corrige los problemas. Los años pasan, los gobiernos cambian y los discursos se renuevan, pero las soluciones requieren voluntad, planificación y capacidad de ejecución.
De lo contrario, dentro de 30 años alguien volverá a leer las mismas noticias en un periódico antiguo, y llegará exactamente a la misma conclusión: que seguimos girando en círculos.
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