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El paraíso que no es eco-friendly

Por Katherine Mora Lo que no se dice

Vivimos del turismo, pero no sabemos cómo cuidar el territorio que nos da de comer. Punta Cana se vende al mundo como un paraíso tropical, pero, en la práctica, la sostenibilidad sigue siendo un discurso. Lo que no se dice es que aquí convivimos con contaminación visual: letreros, cables y construcciones desordenadas que rompen la armonía del paisaje que tanto se promociona en el extranjero. Al turista se le vende postal de playa, pero al comunitario se le deja una selva de hierros, letreros improvisados y estructuras que no respetan la planificación urbana.

Tampoco sabemos cuándo aprenderemos a reciclar. La falta de cultura de clasificación de desechos es alarmante: hoteles que producen toneladas de basura diariamente, comunidades sin educación ambiental y un sistema de recogida que apenas logra mantener la basura fuera de las calles, pero que no garantiza un manejo responsable de los residuos.

La contaminación sónica es otro enemigo silencioso: colmadones con bocinas a todo volumen, motores sin silenciador, construcción sin control de horarios. Y, como si fuera poco, alarmanla movilidad se ha vuelto una amenaza ambiental: vehículos que botan humo negro de sus motores, afectando la calidad del aire y dañando la misma imagen de destino saludable y caribeño. Todo esto convive con la contradicción de que la economía local depende del turismo de naturaleza.

El paraíso se está deteriorando por dentro, mientras afuera seguimos mostrando la mejor sonrisa. Ser eco-friendly no es decorar un lobby con bambú ni sembrar cinco matitas de coco frente a un hotel. Es una decisión colectiva: planificar el crecimiento urbano, establecer regulaciones ambientales reales, educar a la comunidad y exigir que el modelo de desarrollo deje de ser un suicidio lento. La pregunta incómoda sigue siendo la misma: ¿qué vamos a vender cuando el humo tape el sol, el ruido espante la calma y la basura borre la postal de arena blanca y agua turquesa?

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