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Educar: Del verbo a la orquesta

Por Romina Aschpurwis Desde el umbral

La palabra educar guarda un secreto en su raíz. Proviene del latín educere, un verbo compuesto por ex- (afuera) y ducere (conducir, guiar). No significa llenar un recipiente vacío con conocimientos, sino sacar hacia afuera lo que ya habita en el interior: la disciplina, la sensibilidad, la potencia de ser ciudadano. La etimología nos recuerda que educar es revelar, no imponer; conducir, no forzar; despertar, no domesticar.

En el coro y en la orquesta esta definición se cumple con fidelidad. El ensayo no es únicamente práctica musical: es pedagogía encarnada. Allí se aprende a escuchar antes de hablar, a esperar el turno propio, a sostener el sonido hasta que se convierte en tejido común. El gesto del director no es una imposición, sino la guía que ordena las diferencias y las transforma en armonía.

Frente a un tiempo que idolatra la inmediatez y la dispersión, el coro y la orquesta enseñan lo contrario: la paciencia del compás, la humildad de reconocer el espacio del otro, la alegría de la creación colectiva. Educar, en este sentido etimológico y vital, es conducir desde adentro hacia afuera; es orquestar la humanidad latente en cada niño y convertirla en sinfonía compartida. Por eso, la música es más que arte: es modelo de sociedad.

Un coro o una sinfonía revelan las virtudes que más escasean hoy: la cooperación, la perseverancia, la confianza mutua. Allí, el triunfo personal carece de sentido si no se convierte en victoria común. Educar es eso: dar forma a lo disperso, transformar la multitud en concierto. Tal vez en esa imagen se encuentre la definición más alta y urgente de lo que necesitamos para estos tiempos.

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