El haiku, en esencia, silencia el “yo” del haijín para dar paso a la voz de la otredad que habita el poema; de ese modo, fija el Kairos en lo contemplado. Menos del “yo”, más de “lo otro”: que lo contemplado crezca y el haijín mengüe. Quien aspira a crear versos auténticos según la tradición japonesa —especialmente en el haiku— debería huir del “él” y permitir que “el otro” se manifieste; exaltarse a sí mismo es restar relevancia a la otredad que caracteriza al haiku.
Un haiku exige ser escuchado desde él mismo, en su espacio y tiempo, bajo la sutileza de lo existente, y no pregonado desde la interioridad del haijín como un discurso de barricadas. El silencio, al surgir de la contemplación del sonido de la otredad, constituye una de las virtudes esenciales de este poema.
El haiku, en su condición de ser otro o diferente —y que, sin duda, se distingue en contenido de otros poemas orientales que comparten la estructura 5-7-5— permite que, desde sus elementos compositivos, especialmente el fondo o asunto, no exista la intromisión indispensable de quien lo escribe.
A mi juicio, el haijín debería aceptar esta composición como un modo distinto de interpretar lo revelado. En suma, un haijín que doblega su pluma evita la eiségesis poética; no fuerza lo establecido, comprendiendo las convenciones formales y la sensibilidad tradicional que limitan la experiencia del haiku.
Su escritura se beneficia de la exégesis, priorizando lo dado: las imágenes, los sonidos y los instantes que el poema ofrece por sí mismos, sin la intervención del “yo”. Esta hermenéutica permite contemplar el haiku en su estructura, contexto cultural y sensibilidad estética de “lo otro”. El haiku surge del silencio del haijín, dejando florecer lo otro y lo dado.
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