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El gesto inicial

Por Romina Aschpurwis Desde el umbral

El inicio del año suele venir acompañado de una ansiedad silenciosa: la urgencia de arrancar, de llenar la agenda, de demostrar que ya estamos en movimiento. Pero no todo comienzo verdadero empieza corriendo. Algunos empiezan afinando. La palabra inicio viene del latín initium: entrada, umbral, paso hacia dentro. No habla de velocidad, habla de cruce. Iniciar no es acelerar; es atravesar un punto de conciencia. Un antes y un después separados por una decisión.

En las organizaciones, muchas veces confundimos comenzar con acumular. Más reuniones, más tareas, más expectativas. Sin embargo, el inicio real tiene más que ver con orientarse. Orientar viene de orientare: buscar el oriente, el lugar por donde nace la luz.

No se trata de tener todas las respuestas, sino de saber hacia dónde mirar. Y luego está el ritmo. Ritmo no es prisa. Viene del griego rhythmos: cadencia, forma de fluir. Cada equipo tiene el suyo. Escucharlo es una forma de respeto. Forzarlo, una manera segura de desgastar. Cuando el ritmo se reconoce, el trabajo se ordena; cuando se ignora, todo se fragmenta. Un buen inicio de año no impone velocidad: observa.

No acelera procesos: los acompaña. No exige resultados inmediatos: crea condiciones. Dirección sin ruido. Movimiento con sentido. Desde el umbral, tal vez la pregunta no sea “¿qué vamos a hacer este año?”, sino algo más simple y honesto: ¿desde dónde estamos empezando? ¿Con qué ritmo? ¿Con qué mirada? ¿Con qué cuidado hacia quienes caminan con nosotros? Porque hay gestos que, aunque pequeños, lo cambian todo. Y empezar bien es, casi siempre, uno de ellos.

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