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Democracia, mercado y alianza: la decisión estratégica dominicana

Por Hilma Feliciano

La República Dominicana no puede permitirse experimentar con su sistema político, económico ni con sus alianzas internacionales estratégicas. En un contexto marcado por la rivalidad entre potencias, los flujos migratorios, las crisis económica y medioambiental, el crimen transnacional y la transformación tecnológica; preservar la democracia, la economía de mercado y una relación estratégica con Estados Unidos no constituye una cuestión ideológica, sino una decisión crucial de Estado.

La democracia ofrece algo que ningún régimen autoritario puede garantizar de manera sostenible: instituciones capaces de corregirse mediante el voto, alternancia en el poder, libertad de expresión, separación de poderes y protección de los derechos ciudadanos. No es un sistema perfecto, pero permite cambiar de gobierno sin poner en riesgo la estabilidad nacional.

El libre mercado, respaldado por instituciones sólidas y políticas económicas y sociales eficaces, ha demostrado ser un motor fundamental de inversión, empleo, innovación y movilidad social. Para un país como el nuestro, cuya economía depende significativamente del turismo, las remesas, las exportaciones, la inversión extranjera y los servicios, poner obstáculos al capital y al emprendimiento implicaría avanzar en sentido contrario a nuestras propias fortalezas y profundizar la pobreza. También está la dimensión geopolítica.

Estados Unidos no es únicamente nuestro principal socio económico; es nuestro «partner». La cercanía geográfica, los profundos vínculos comerciales, familiares y culturales, así como nuestra integración con el mercado norteamericano, convierten esa relación en un activo estratégico. Mantener una alianza sólida no significa renunciar a nuestra soberanía ni aceptar decisiones externas de manera acrítica. Significa defender nuestros intereses desde una posición de confianza, cooperación y respeto mutuo.

La República Dominicana debe, además, relacionarse con todos los países y diversificar sus oportunidades. Sin embargo, diversificar las relaciones internacionales no implica confundir a los socios estratégicos con intereses circunstanciales y extra regionales. La política exterior debe responder a una visión nacional de largo plazo, sustentada en principios claros y objetivos concretos.

El verdadero desafío dominicano no consiste en escoger entre democracia, socialismo, mercado o planificación centralizada; sino en fortalecer el funcionamiento de la democracia, promover un mercado más inclusivo y asegurar que nuestras alianzas internacionales generen mayores oportunidades para los dominicanos. La estabilidad institucional no se hereda: se construye y se defiende. En tiempos de incertidumbre global, preservar la democracia, la libertad económica y las alianzas estratégicas no es una expresión de conservadurismo. Es patriotismo con visión de futuro.

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