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Condominios: la convivencia en jaque por una ley desfasada

Por Samuel Rivera Mirada Jurídica

En la República Dominicana, la vida en condominio es ya parte inseparable del paisaje urbano. Sin embargo, mientras torres modernas se levantan en Santo Domingo, Santiago o Punta Cana, la legislación que regula esta convivencia sigue siendo la Ley No. 5038 de 1958, una norma pensada para un país que apenas conocía edificios de pocos niveles. El desfase es evidente y sus consecuencias, palpables. Los problemas más comunes en los condominios —morosidad en el pago de cuotas, conflictos en las asambleas y falta de transparencia administrativa— carecen de mecanismos legales efectivos para resolverse.

Así, muchas comunidades se ven atrapadas en la desorganización o en largos procesos judiciales. Uno de los vacíos más notorios es la ausencia de asambleas virtuales o híbridas. En tiempos de globalización, donde muchos propietarios residen fuera del país, resulta insostenible que la ley solo contemple reuniones presenciales.

Incorporar herramientas digitales no solo aumentaría la participación, sino que también facilitaría la toma de decisiones comunitarias y reduciría los gastos de alquiler de sillas, sonido, pantallas, salón de reuniones y coffe break en los que regularmente incurre el condominio para la reunión de propietarios. La morosidad es otro talón de Aquiles.

Mientras algunos cumplen, otros se amparan en vacíos legales para evadir el pago, poniendo en riesgo servicios esenciales como seguridad, ascensores y mantenimiento. Una reforma a la citada ley debería contemplar procedimientos expeditos de cobro que protejan la sostenibilidad de las comunidades, evitando que cada deuda se convierta en un litigio interminable.

El derecho comparado demuestra que es posible hacerlo mejor. México y España han modernizado sus normas, estableciendo sanciones claras y mecanismos de mediación. República Dominicana no puede quedarse atrás. Actualizar la Ley No. 5038 no es solo una cuestión jurídica, sino una apuesta por la convivencia. Como sociedad debemos entender que “sin reglas claras, la comunidad se convierte en un campo de batalla; con ellas, se transforma en un espacio de armonía y progreso compartido”.

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