El reciente anuncio de construcción del boulevard que conectará La Otra Banda con la Autovía del Coral ha generado expectativas positivas en todas las comunidades de la región, sin excepción. No es para menos: se trata de una obra que, aunque corta en extensión, tiene el potencial de transformar la conectividad intrarregional, la vialidad y economía de la zona.
Desde el punto de vista técnico, el proyecto responde a una necesidad real. Mejorar la conectividad entre comunidades periféricas y el principal corredor turístico del país. Puede reducir tiempos de traslado, descongestionar el boulevard Frank Rainieri, otras vías saturadas y facilitar el acceso a empleos y servicios. En términos económicos, este tipo de infraestructura actúa como catalizador: eleva el valor del suelo, incentivas inversiones y amplía las oportunidades para el desarrollo inmobiliario, comercial y turístico Sin embargo, el entusiasmo de toda la comunidad no debe nublar el análisis.
La obra debe venir acompañada de planificación integral para que no genere detonantes de desorden urbano y presión ambiental. Para evitar dudas y confusiones, los auspiciadores están en el deber de cumplir con las permisologías legales correspondientes y realizar una evaluación de impacto ambiental rigurosa, de manera que se evite poner en peligro ecosistemas sensibles, como los acuíferos de la zona que nos benefician a todos.
El Boulevard de La Otra Banda no es, en sí mismo, ni una solución ni un problema. Es una oportunidad. Pero como toda oportunidad, su resultado dependerá de las decisiones que la acompañen. La verdadera pregunta no es si debe construirse, sino cómo. Si se articula con el plan de ordenamiento territorial regional, se obtienen los permisos sectoriales, se respetan las normas ambientales y se integra a una visión de movilidad actualizada puede convertirse en un eje de desarrollo sostenible. De lo contrario, será apenas una obra que, con buenas intenciones, terminó sin aportar los beneficios que todos esperábamos.
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