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Política del engaño: ¿se acerca su fin?

Por Redacción El Tiempo

Durante décadas, la clase política ha operado bajo el supuesto de que la ciudadanía es fácil de engañar. Se han convencido de que, con discursos manidos, promesas recicladas y estrategias de distracción, pueden ocultar sus deficiencias, desatinos y demagogias. Pero más equivocados no podrían estar.

La democracia no debe ser un juego de artimañas, sino un pacto de confianza en el que los servidores públicos se comprometan de forma diáfana y sincera con el bienestar colectivo. La gente está saturada de lisonjas y mentiras disfrazadas. Exige resultados y soluciones concretas a problemas y necesidades comunes.

Ya no se trata de una oposición política pura y simple, sino de la expresión legítima de un pueblo que reivindica su dignidad y el derecho a una vida mejor. Las consecuencias para los políticos que persistan en el viejo modelo basado en engaños y oportunismo, pueden ser devastadoras. De seguir apostando al populismo sin soluciones reales, inevitablemente perderán la confianza del electorado.

Y en política, una vez que la credibilidad se pierde, es casi imposible recuperarla. La ciudadanía ya no solo vota, sino que también se organiza, cuestiona y se vuelve más crítica frente al poder. Los políticos que no entiendan esta nueva realidad están destinados a quedar en el olvido. En la era de la información, donde cada mentira se desmonta con un clic y cada promesa incumplida enfrenta al peso de la evidencia, los políticos tienen dos opciones: adaptarse a las exigencias de transparencia y resultados o ser barridos por el hartazgo ciudadano.

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