Se recuerda que los aguinaldos navideños eran una costumbre esperada. Para estas fechas, en muchos parajes y ciudades se organizaban estas pintorescas parrandas, en donde las personas al canto de “ábranme la puerta que estoy en la calle” hacían, precisamente eso, abrían la puerta y otorgaban algún presente.
Modernamente esta práctica, en otro tiempo era simple, inocente e inofensiva, y se ha convertido en desorden, llegando hasta la agresión física.
Tal ocurrió el domingo 14 en la noche en La Romana donde cientos de motociclistas y pasoleros, además de personas en vehículos, tomaron las calles de los diferentes sectores de la ciudad, convirtiéndolas en pistas de carreras, en las que calibraban los motores, tomando alcohol, fumando vapeadores.
En este desorden murió un joven de 20 años. Ese extremo provocó que los munícipes protestaran en contra de la celebración de estos aguinaldos. No se sabe, a ciencia cierta, lo que está pasando en nuestra sociedad, pero algo muy raro ha ocurrido con la gente. Desde hace un tiempo para acá, nos hemos vuelto, iracundos, desobedientes, irrespetuosos y dispuestos a que pase lo peor, si no nos dejan hacer lo que queremos. Por eso ha surgido el otro extremo.
Pedir mano dura a las autoridades que, en el contexto en que se pide tampoco es deseable porque esa “mano dura” no es más que soñar con los métodos autoritarios de la dictadura para meter en cintura a la desobediencia ciudadana.
Los que no estamos ni con una cosa ni con la otra, nos vemos compelidos a ser simples espectadores de una obra cuyo final no somos capaces de adivinar.
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