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De manantial a mercancía: el agua latinoamericana en disputa

Por Hilma Feliciano

Punta Cana, RD. A nivel mundial, solo el 2,5 % del agua existente es dulce, y de esa cantidad, menos del 1 % está disponible para el consumo humano. En este contexto de creciente escasez, América Latina emerge como un actor clave, al concentrar cerca del 31 % de las reservas de agua dulce del planeta.

Regiones como la cuenca amazónica, el Orinoco o el sistema Paraná-La Plata son ejemplos de esta riqueza hídrica excepcional. Brasil, Colombia, Perú y Venezuela figuran entre los diez países con mayores recursos hídricos renovables del mundo. En el Cono Sur, el Acuífero Guaraní, compartido por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, se alza como una de las reservas subterráneas de agua dulce más grandes del planeta, con unos 37.000 km³. Sin embargo, su abundancia ha despertado el interés geopolítico y económico de grandes corporaciones internacionales.

La paradoja de la abundancia

La riqueza hídrica latinoamericana se ha convertido en un campo de tensiones permanentes. El modelo extractivista, impulsado por la megaminería, los agronegocios, las energías convencionales y renovables y la industria pesada, genera conflictos entre el desarrollo económico y la preservación de los recursos naturales. La privatización y el acaparamiento del agua se suman a las desigualdades históricas de la región, transformando un bien común en una fuente de conflictos sociales y ambientales.

Lejos de garantizar bienestar, el agua se ha convertido en motivo de disputa y dependencia. Su acceso y uso están condicionados por intereses corporativos que priorizan la rentabilidad sobre la equidad.

El costo invisible del desarrollo

El uso industrial del agua revela cifras alarmantes. En el sector agropecuario, producir un kilogramo de carne vacuna puede requerir entre 10.000 y 15.000 litros de agua, considerando el riego de pasturas y el procesamiento de la carne. La industria textil tampoco escapa a este impacto: fabricar un solo jean demanda entre 7.000 y 10.000 litros, en procesos que además generan contaminación con metales pesados.

Aún más silencioso, el sector tecnológico se suma a la lista. La fabricación de microchips y el enfriamiento de centros de datos requieren agua ultrapura en grandes volúmenes: una planta de semiconductores puede consumir más de 15 millones de litros diarios. Estos consumos industriales, muchas veces ligados a cadenas globales y a la inversión extranjera, compiten directamente con los usos domésticos y comunitarios, desplazando las prioridades hacia quienes poseen mayor poder económico o político.

El agua como mercancía

En las últimas décadas, el avance del modelo neoliberal-extractivista y la crisis climática han transformado el agua en un activo estratégico. En 2020, por primera vez en la historia, el agua comenzó a cotizar en el mercado de futuros del Nasdaq, a través del Nasdaq Veles California Water Index (NQH2O). Este hecho marcó un punto de inflexión: el agua pasó de ser reconocida como un derecho humano —según la ONU desde 2010— a convertirse también en un activo financiero, sujeto a la especulación y la lógica del mercado.

Mientras más de 2.000 millones de personas carecen de acceso al agua potable, la financiarización de este recurso esencial revela cómo los mercados han comenzado a apropiarse de un bien que históricamente pertenecía a las comunidades.

Fondos de inversión: los nuevos dueños del agua

Diversos fondos de capital privado e infraestructura —como KKR & Co., Bain Capital, Blackstone Group, Morgan Stanley Infrastructure Partners, Ridgewood Infrastructure, entre otros— lideran hoy la inversión global en el negocio del agua, adquiriendo empresas de tratamiento, desarrollando tecnologías hídricas y participando del mercado de aguas residuales. Detrás de estas operaciones multimillonarias se esconde un nuevo tipo de especulación: la del “oro azul”.

Un desafío para el futuro

Las implicaciones de esta tendencia son profundas. En América Latina, la lógica financiera prioriza la rentabilidad, la escala y la liquidez, dejando en segundo plano el bien común, la justicia social y la sostenibilidad ecológica. En este escenario, pueblos originarios, comunidades rurales y sectores populares corren el riesgo de quedar relegados, con sus derechos hídricos subordinados al capital global.

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