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Volver a empezar

Por Romina Aschpurwis Desde el umbral

El año no se acaba del todo. Se cierra, sí, pero también se dobla sobre sí mismo, como cuando volvemos a una canción conocida y, aun así, la escuchamos distinta. Cuando termina un año solemos hacer listas, cuentas y balances. Pero hay otra forma de mirar este momento: como un umbral, un lugar donde una cosa termina y otra todavía no empieza del todo. Los griegos llamaban kairos a ese instante especial en el que algo puede suceder si estamos atentos.

No es tiempo de reloj; es tiempo de sentido. Eso es, muchas veces, el final de año: una oportunidad pequeña, pero real, para elegir cómo queremos seguir. Hannah Arendt decía que cada comienzo es un acto humano. El año no empieza por sí solo; empezamos nosotros cuando decidimos actuar, cuidar, sostener. Volver a empezar no es magia ni promesa: es una decisión concreta, aunque sea mínima. Comenzar no significa olvidar lo que fue.

Al contrario, es llevarlo con nosotros, pero sin que nos pese. Es aceptar lo que salió bien y también lo que no, sin castigarnos por ello. Herberto Helder escribiría que las palabras no explican: arden. Y quizás por eso lo vivido no se borra, se transforma. Volvemos al inicio como quien regresa a casa después de un viaje largo. Todo parece igual, pero uno ya no es el mismo.

Y esa diferencia, aunque no se note, es la que hace posible algo nuevo. No todo tiene que repetirse. No todo merece volver. El llamado “retorno eterno” no es hacer lo mismo otra vez, sino regresar con más conciencia, con más cuidado, con más verdad. Desde este umbral, el nuevo año no llega con respuestas cerradas, sino con preguntas sencillas y necesarias: ¿qué quiero cuidar?, ¿qué necesito cambiar?, ¿qué estoy listo para dejar nacer? Empezar de nuevo no es un gran gesto. A veces es apenas un paso. Y eso, muchas veces, es suficiente.

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